
La asombrosa vida de Poli Díaz (I): De Vallecas a campeón de Europa de la jet set
(Continúa) La espera para disputar el título mundial hizo más daño a Poli Díaz que los pocos golpes que había recibido hasta la fecha. España lo colmaba de elogios, como los que le dedicaron Los Chunguitos en una canción compuesta por Leonardo Dantés. «Bravo, campeón. En el ring, colega. Eres el mejor», cantaban los hermanos Salazar. Sin embargo, la vida del campeón europeo estaba lejos del gimnasio.
La prensa y el desencuentro de Sarasola
La fama trajo consigo la persecución mediática. La prensa comenzó a publicar rumores sobre la disoluta vida de Poli, que negó especialmente las informaciones vinculadas con las drogas: «Cuando de verdad me metía cocaína era cuando los gilipollas me decían que me veían más centrado. Qué sabrían ellos».
Quien si tenía la mosca detrás de la oreja era Enrique Sarasola. Un accidente con un Patrol le obligó a pasar por un hospital, al que el empresario vasco solicitó un análisis de sangre sin avisar al púgil. El examen no confirmó el consumo de drogas, simplemente de Bisolvón (un medicamento para la mucosidad), pero Sarasola quería finiquitar su aventura en el noble arte.
El camino al mundial
Cuando en Europa ya no quedaban rivales, Sarasola empezó a negociar el combate por el título mundial del peso ligero. El camino estuvo lleno de obstáculos. Don King quería que Edwin Rosario peleara primero con Azumah Nelson y pidió un millón de dólares para autorizar el combate de Poli. La familia Duva, de Main Events, que representaban a Pernell Whitaker, ofreció el combate en febrero pero con apenas un mes de margen, motivo por el que Sarasola lo rechazó. Posteriormente Rosario perdió el título ante Nazario, y Nelson ante Whitaker, que unificó los cinturones de la IBF, el WBC y la WBA.
Poli llegó a Norfolk diez días antes, que era lo que exigía el contrato. Siete kilogramos por encima del peso ligero, sin el viaje de aclimatación a Puerto Rico que habían planeado, y sin el apoyo de Sarasola, que tampoco fue al combate, la empresa pasaba de difícil a casi imposible. Se levantaba a las cinco de la mañana a correr con el pensamiento de que así Whitaker no le veía entrenar. Se metía en el coche con la calefacción a tope para sudar y bajar unos gramos extra, y solo se alimentaba a base de lechuga y fruta.
«La conspiración» del pesaje
La noche antes del combate, los Duva consiguieron adelantar el pesaje con un reglamento propio de Virginia que desconocía el equipo español, para que Whitaker, que tenía problemas con el peso, tuviera más tiempo de comer y recuperarse. En la báscula oficial, Poli dio 135 gramos menos de lo que marcaban sus propias básculas. Lo atribuyó a que la habían trucado. Whitaker dio cien gramos de más y los perdió en diez minutos. «Los tíos estos nos pusieron unos guantes más grandes que los normales, de ocho onzas en vez de seis, sabiendo que yo era pegador. Decían que eran las reglas de Virginia. Así que mis golpes eran menos fuertes. Le dije que la próxima íbamos a pelear con las reglas de Vallecas: con la mano pelada, a ver quién ganaba», recordó Díaz en su autobiografía.
En la rueda de prensa del día del combate, Poli llegó en bañador y chancletas a la piscina del hotel, dijo a la prensa americana que hablaba francés, italiano, ruso y alemán, que había estado en Miami en la casa de Julio Iglesias y que Whitaker no le duraría más que un chupachús en la puerta de un colegio. El traductor se guardó la mitad de las declaraciones para no caldear más el ambiente. Lou Duva le respondió que se fuera preparando para vender sangría española en un puesto callejero. Whitaker le regaló un osito de peluche y una gorra en la mesa de la rueda de prensa.
«El Cuñao de Dios» en la noche del combate
Aquel 27 de julio de 1991, mientras Poli peleaba en Virginia, su hermana Blasa entraba como monja en un convento de Madrid. Antes de salir al ring alquiló dos limusinas, una blanca y una negra, y se fue al barrio de Whitaker, un barrio marginal al sur de Virginia, con la bandera de España al hombro y Los Chunguitos a todo volumen. Cuando entró al Scope Arena gritó: «¡Yo, champion, yo, champion!». En el vestuario no se durmió como era su costumbre.
El combate fue duro. En el quinto, un gancho al hígado fisuró una costilla de Poli y le robó el aire hasta el final del combate. Una energía que no era la de años atrás. Tampoco podía lanzarse a tumba abierta al tener fracturada la mano izquierda, y aun así consiguió en algún instante inquietar a Whitaker. Según el español, el árbitro favoreció al local, que se impuso justamente a los puntos. El Potro de Vallecas aumentó su conspiración al tropezar con una cámara de televisión.
Poli llegó a Barajas reventado con el brazo en cabestrillo. Rechazó el ramo de flores que alguien le ofreció: «Las flores, para los muertos». La mejor propuesta que recibió después del combate fue la de los Duva, que querían ficharle para seis combates en Estados Unidos con un posible combate ante Julio César Chávez si subía al peso wélter.
La caída a los infiernos de la droga
Pero con el dinero de la Promotora El Espinar repartido, el piso de Vallecas, los dos chalés de El Espinar y sus coches vendidos, Poli conoció a María, una portuguesa con la que ahondó en su adicción. Empezaron a salir de fiesta a las discotecas más caras de Madrid, donde el boxeador dilapidaba el dinero. Poli descubrió que la cocaína, en lugar de acelerarle, le aplacaba los nervios: «A mí la cocaína me relajaba, me aplacaba el nervio que siempre tenía».
Luego llegó la heroína. No recuerda quién le ofreció la primera dosis ni dónde. Solo sabe que se la fumó en un papel de plata y que le dejó tranquilo como nada antes. Enganchado a la heroína encima y sin dinero, Poli terminó viviendo en el poblado de La Rosilla, uno de los supermercados de la droga de Madrid, cerca de su barrio. Montó tres tiendas de campaña entre los escombros. Una para él y su pareja, una toxicómana cubana. Otra para alquilarla a otros yonquis a cambio de parte de su dosis. Y la tercera como almacén de jeringuillas usadas que recogía y revendía por la noche cuando se acababan las limpias.
Un equipo de El Mundo llegó al poblado con una cámara oculta y periodistas disfrazados de yonquis. Lo grabaron fumando heroína y trapicheando. La imagen recorrió el país. Tuvo que abandonar La Rosilla y volvió a casa de sus padres a dormir en una litera a pasar el mono.
Escándalos, detenciones y el cine porno
Entre la cocaína y la heroína acumuló una colección de titulares que él mismo calificó de encuadernables. Detenido por supuesta agresión a un policía municipal que le paró en Recoletos y que hacía full contact y quería medirse con él. También por darle con un vaso en la cara a lo que creyó que era un hombre en una discoteca de Benidorm y resultó ser una mujer de espaldas que había pegado un botellazo a su amigo. Fue denunciado por su propio padre por una bronca doméstica en la que ni siquiera intervino, según dijo.
Para seguir teniendo ingresos mientras la heroína se lo comía todo, aceptó participar en tres películas pornográficas: El potro se desboca, Las tentaciones eróticas del lama, y Poli, el lama y la que los lame. Percibió una buena cantidad por las primeras, pero rechazó parte de la tercera cuando le pusieron como pareja a una actriz que no le parecía suficientemente atractiva. «¡Cómo me iba a dar vergüenza follarme a una tía buena y que encima me pagaran!», se justificó. Actuó en Torrente junto a Santiago Segura, recomendado por Javier Bardem con quien coincidía en el gimnasio, y cobró tres mil euros de adelanto antes de rodar su escena. Poli Díaz se convirtió en un habitual de los programas de televisión, donde buscaba dinero a cambio de casi cualquier cosa.
Los intentos de vuelta al boxeo
Entre recaídas, Poli volvió al ring varias veces. Su regreso tras la pelea en Estados Unidos no se produjo hasta dos años más tarde, cuando venció al puertorriqueño Elviro Reyes en Santander. Pero El Potro ya solo boxeaba por la bolsa, sin ambición deportiva. Acumuló una serie de victorias ante rivales de menor entidad sin que nadie se acordase de él en Estados Unidos. El abandono del boxeo por parte de Telecinco dejó herido al boxeo español, y el final se precipitó cuando perdió dos peleas en 1996. Buscó una última oportunidad en Barcelona, y finalizó su carrera en 2001 sin volver a disputar ningún título. Enrique Sarasola falleció en 2003 a los 65 años a causa de un cáncer. Poli no asistió al entierro porque no se enteró a tiempo: «Me hubiera gustado mucho ir a despedirle y a darle las gracias por todo lo que hizo por mí».

Con una vida complicada y algunos problemas con la justicia, Poli Díaz sigue siendo muy popular y en la actualidad imparte algunos cursos de boxeo a sus casi sesenta años.






