Redacción ESPABOX

En el elenco de boxeadores españoles que se han ceñido un título mundial no están todos los púgiles que marcaron una época en el país. No por falta de talento para ello, Policarpo Díaz Arévalo supuso un fenómeno social más allá de sus logros deportivos. La vida de Poli Díaz comenzó el 21 de noviembre de 1967 en la calle Arroyo del Olivar, en Palomeras Altas, una humilde barriada de Vallecas. Era el sexto de ocho hermanos, cuatro hombres y cuatro mujeres, hijos de Nicolás Díaz, gaditano de adopción que trabajaba de soldador, y la extremeña Antonia Arévalo. La familia pasó una temporada en Usánsolo, un barrio de Galdácano cerca de Bilbao, donde el padre encontró trabajo en una fábrica de Lemona. La familia Díaz Arévalo regresó a Madrid, entre otras cosas por el temor a ETA, que aumentó después de que Poli encontrase un zulo en el monte.

Hijo de la calle
El regreso a Vallecas no fue nada feliz, donde se topó con la pobreza generalizada y la delincuencia como sistema paralelo de subsistencia. «El que no era currela era delincuente. No había más donde elegir», dijo Poli años después. Sus padres buscaban salir adelante con trabajos precarios, que apenas les dejaban tiempo para sus ochos hijos.

Poli aprendió a buscarse la vida desde los once años, y alternó diversos empleos, como peón de albañil, repartidor de una churrería, chatarrero, fontanero, chapista, mecánico y jornalero en la vendimia. El enjuto chaval destacó por descargar sacos de cemento de cincuenta kilos en obras, cortar reses en una carnicería aprendiendo a deshuesar cabezas de cerdo, o mojar el cartón que recogía para que pesara más antes de venderlo al peso.

Las calles de Palomeras las recorrió junto a un grupo de amigos, con los que se coló en comedores escolares, robó jarrones de museos, trepó a tejados de chabolas abandonadas y robó coches como si fuese el Vaquilla. Se hizo respetar a los doce años al clavar una navaja en el culo de un atracador del barrio que le manchó el pelo con unos churros. Los delincuentes más mayores del barrio, que traficaban con joyas o asaltaban bancos, lo adoptaron bajo su protección. «Vivías con las hienas y la única diferencia es ser rata o ratero. Empiezas a vivir cuando estás por encima de las ratas», recordó Poli Díaz. La heroína arrasó su generación. Vio morir a amigos en el Campo de las Mulas con jeringuillas en el brazo, por lo que el Poli Díaz adolescente tenía miedo a las drogas.


Boxeador por una ducha caliente
Un día de 1982 escuchó ruido en los bajos del campo del Rayo Vallecano y entró a ver qué había. Encontró a Alfredo Evangelista, excampeón europeo del peso pesado, resoplando encima de un ring, y a un montón de chavales haciendo guantes. Le dijo al encargado si podía apuntarse, pero que no podía pagar la cuota, por lo que se ofreció a limpiar el gimnasio. A Díaz le fascinó poder ducharse con agua caliente, algo de lo que no disponía en su casa.

Su primer entrenador fue el excampeón mundial José Durán, y debutó al cambiar su fecha de nacimiento con la ayuda de un vecino para poder competir un año antes de la edad reglamentaria. Su carrera como amateur fue fulgurante, y decidió unirse al equipo de Ricardo Sánchez Atocha.

La frustración de los Juegos Olímpicos
Poli realizó 61 combates como amateur, de los que ganó 59, y  según él, solo sufrió una derrota injusta. Fue en Tenerife, ante un púgil local, en la final del campeonato de España. Dominó el combate, tumbó a sus rival varias veces, y los jueces le dieron el título al canario. «Tiré la medalla al Manzanares para que se la llevara la corriente. No quise ni regalarla», dijo Díaz sobre uno de sus mayores enfados deportivas. La revancha al año siguiente, en Las Palmas, la ganó el madrileño con menos diferencia de la que había habido la primera vez.

Para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984 fue preseleccionado, pero la Federación soló contó con él como sparring. Viajó a Casablanca a un torneo de preparación y le pusieron ante un marroquí, al que ganó, pero decidió volver a Madrid al percibir que era imposible que fuese seleccionado para intentar clasificarse para la cita olímpica.

Campeón de España, albañil de día
Su debut profesional se produjo el 15 de marzo de 1986, cuando aún compaginaba los combates con el trabajo de peón de albañil. En el verano de ese año, Elio Guzmán le ofreció pelear por el campeonato de España ante el campeón José Antonio Hernando. Había una semana de margen y siete kilogramos de más que bajar. Poli se los quitó a base de correr al amanecer, sudar en la obra todo el día y entrenar al anochecer. Llegó a Burgos, tierra del campeón, y le ganó a los puntos en diez asaltos. Defendió el título de España siete veces en menos de año y medio, todas con victoria, la mayoría por nocaut. Le regaló varios cinturones a Ricardo Sánchez Atocha, porque consideraba que la chapa era poca cosa para un campeón.

Enrique Sarasola, el padrino
En octubre de 1987, en la Ciudad Deportiva del Real Madrid, Poli fue a ver jugar al fútbol a un amigo y se puso a hablar con un desconocido que se sentó a su lado. Se trataba de uno de los hombres más poderosos de España, que se hizo millonario con varias operaciones en Sudamérica y se convirtió en figura clave en las finanzas del PSOE como hombre de confianza de Felipe González. Díaz avisó a Sánchez Atocha de que había conocido «a un tío de puta madre», que era Enrique Sarasola, a quien visitaron en su finca de El Espinar (Segovia). El lugar era majestuoso, con esculturas y cuadros al lado de las cuadras de los caballos. El empresario había visto boxear al madrileño y le garantizó una oportunidad por el título mundial si cambiaba de rumbo.

Sarasola habilitó una cuadra de la finca con un ring y siete boxeadores viviendo y entrenando allí, así como buscó un profesor para que Díaz aprendiese a leer. Montó la Promotora El Espinar y puso a nombre de Poli más del noventa por ciento de las acciones. «Enrique me trataba como a un hijo», reconoció el boxeador. Sarasola organizaba las veladas los jueves, porque había estudiado que así bajaba el precio de la entrada y venía más gente que en fin de semana.

Campeón de Europa y la jet set
El 30 de noviembre de 1988, con veintiún años recién cumplidos, Poli viajó a Chiavari (Italia) para enfrentarse al campeón europeo Luca Di Lorenzi en su propia tierra. Un periodista italiano le preguntó si no le daba miedo que el campeón le tirara al suelo, a lo que respondió: «¿Va a sacar una pistola? No, ¿verdad? Pues entonces no hay problema, porque solo va a poder tirarme a la lona si me pega un tiro». Lo tumbó en el quinto asalto de un croché de izquierda, como había anunciado. El combate lo vio toda España por La 2. La bolsa que percibió fue de siete millones de pesetas, dinero con el que se compró un piso en la calle Puerto de Monasterio de Vallecas, que reformó con un jacuzzi.

Defendió el título europeo en el Palacio de los Deportes de Madrid siete veces, cuatro de ellas por KO, ante el francés Alain Simoes, en dos ocasiones, el danés Gert Bo Jacobsen, los italianos Lino Becchetti y Stefano Cassi, el escocés Steve Boyle y el gallego Carlos Miguel. Las veladas eran el evento social de la temporada en Madrid. A las sillas de ring, a veinte mil pesetas, acudían ministros del PSOE, los Albertos, Alfredo Fraile, Ramón Mendoza, Alaska, Almodóvar, el Fary, Bibiana Fernández o Pedro Almodóvar. Lola Flores se encontró con Poli una noche en un bingo y le gritó que tenía que estar entrenando, a lo que él replicó que ella debería estar con los nietos.

También fue recibido en el Palacio de la Zarzuela por Juan Carlos I. Le dio un abrazo y le preguntó si le dejaba llevarse las placas del despacho para venderlas por chatarra. El Rey se partió de la risa. Hizo anuncios contra el fuego en los pinares de Valsaín. Salió en la campaña contra la droga con Miguel Bosé, Alex Crivillé, Víctor Manuel y Ana Obregón, y era protagonista en Informe Semanal.

El combate con el escocés Boyle, fue el más difícil de su reinado europeo, pero su mayor enemigo no era un boxeador. Tras la defenestración de Pilar Miró, Luis Solana accedió a la dirección de Televisión Española, donde vetó el boxeo. El público madrileño acuñó el cántico «Solana, cabrón, queremos televisión», en veladas donde asistían ministros del PSOE. Solana se mostró inflexible, al considerar al boxeo un deporte bárbaro. Unos tapujos morales que no tuvo cuando años después copó el mercado de las líneas eróticas. Las autonómicas se peleaban por dar los combates de Poli Díaz, antes de que las privadas cambiasen la televisión en España y Telecinco apostase por el boxeo.

La sargento americana
La hermana de su primera novia de adolescencia, Angie, una mulata norteamericana con la que había tenido una relación platónica a los dieciséis años, llamó a la puerta de su madre después de que ganase el título europeo. Su nombre era Dorothy. Era militar del ejército estadounidense, donde trabajaba como controladora aérea destinada en la base de Rota. Poli la llevó a cenar al hotel Villamagna, y pidió una botella de Dom Pérignon. Cuando terminó el combate de Bilbao contra Becchetti, condujo solo más de mil kilómetros a Rota sin descansar para verla: «Por eso tenía tanta prisa para acabar con Becchetti», explicó. La relación duró unos meses, y Poli no supo que Dorothy estaba embarazada. Tampoco supo que había nacido Alexander. Alguien de su entorno interceptó la carta donde Dorothy se lo comunicaba, temiendo que quisiera sacarle dinero. Cuando por fin le dijeron lo que había pasado, se fue a Rota a conocer al niño. Dorothy nunca quiso aceptar dinero. Regresó a Estados Unidos y Poli no volvió a ver nunca más a su primer retoño.