Manuel Valero
@Manu_Valero

El 11 de febrero de 1990, James «Buster» Douglas daba una de las grandes historias del boxeo, noqueando en el décimo asalto al hasta ese momento imbatido Mike Tyson en Tokio. El púgil de Ohio había «reventado» las apuestas, que eran de 42-1 en su contra antes del combate. Hoy, 9 de noviembre de 2016, otro underdog, palabra que usan los estadounidenses para definir a quien las apuestas dan a priori como perdedor, como Donald Trump, se ha impuesto en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, cuando las cuotas de que llegaría a la Casablanca eran de 100 a 1 en su contra hace menos de dos años.

La candidatura de Trump, que ha arremetido en su campaña con dureza contra colectivos tan numerosos como los latinos o los afroamericanos, ha producido incontables reacciones dentro del mundo del boxeo. Las declaraciones del nuevo presidente, asegurando que construirá un muro en la frontera con México, le han costado la enemistad con estrellas como Julio César Chávez, quien a pesar de que algunas de sus peleas tuvieron lugar en los recintos de Trump, pidió el voto públicamente para Hillary Clinton. Meses antes de morir, Muhammad Ali le atizó uno de sus últimos golpes al líder republicano, defendiendo los derechos de la comunidad musulmana. Este hecho no ahuyentó a Trump de despedirse de Ali en junio, emitiendo un comunicado en el que glosó la figura de «El Más Grande». Promotores como Óscar De la Hoya y Bob Arum también aprovecharon varias ruedas de prensa para mostrar su rechazo a Trump, atrayendo a mayor número de espectadores latinos a sus veladas. Especialmente crítico se mostró el fundador de Top Rank, quien conoce al empresario estadounidense desde hace varias décadas. En 1991 y con los contratos realizados para que Evander Holyfield y George Foreman boxeasen en el Trump Plaza, la Guerra del Golfo fue la excusa que Trump puso a Arum para no organizar dicha pelea, que posteriormente generó casi diez millones de dólares sólo en ventas de PPV.

Trump-TysonLa posición de Arum contrasta con la de otro de los promotores más celebres de la historia, Don King, que se sumó activamente a la campaña electoral en varias ocasiones. El gran baluarte de King durante años, el excampeón mundial de los pesos pesados Mike Tyson, también apoyó públicamente a Trump, con el que mantiene una gran relación de amistad. Durante los años ochenta, el empresario estadounidense decidió importar los casinos de Las Vegas a la costa este, concretamente a Atlantic City, para lo se valió del boxeo, sirviendo como promotor de algunos de los mejores combates de aquellos años. Por acoger en uno de sus recintos la esperada pelea entre Tyson y Michael Spinks, Trump desembolsó once millones de dólares, que le reportaron posteriormente unas ganancias superiores a los tres millones, llenándose las primeras filas de actores y músicos como Kirk Douglas o Barbra Streisand. Estas veladas le llevaron a entrar en el Salón de la Fama del Boxeo en Nueva Jersey junto a otras leyendas como Arturo Gatti el año pasado.

La afición al boxeo del nuevo presidente del país más poderoso del mundo, aunque también al deporte, pues ha promovido competiciones ciclistas como el «Tour de Trump» o adquirido equipos de fútbol americano, quedó patente cuando junto a su mujer Melania no quiso perderse el combate Manny Pacquiao y Floyd Mayweather el pasado año. Ambos boxeadores no han querido postularse de ningún lado en esta campaña, aunque si han recalcado la presencia de Trump en algunas peleas. El nuevo inquilino de la Casa Blanca puede encontrar en Pacquiao un aliado para arreglar las relaciones entre Estados Unidos y Filipinas, ya que el campeón mundial del peso wélter es actualmente senador en su país. Su última aparición junto a un boxeador se produjo en octubre de 2015, cuando se acercó al vestuario de Gennady Golovkin antes de que el kazajo derrotase a Lemieux, recibiendo Trump un sonoro abucheo por parte del Madison Square Garden.