
La vieja gloria Oliver McCall (62-14-1, 41 KO) volvió a subir anoche al ring con 61 años y consiguió una nueva victoria profesional. El excampeón mundial WBC del peso pesado derrotó por KO técnico en el quinto asalto a Jeremiah Williams (19-15-2, 13 KO), de 54 años, en una velada de Country Box celebrada en la Plaza Mariachi de Nashville (Estados Unidos). Fue un combate entre dos púgiles cuya edad conjunta alcanza los 115 años y que vuelve a poner en entredicho los criterios de autorización de la Comisión Atlética del Estado de Tennessee.
El enfrentamiento estaba previsto a seis asaltos. Williams sufrió un corte sobre el ojo izquierdo, aparentemente producido por un choque de cabezas, que McCall agravó con una derecha en el quinto. Tras una inspección médica, el árbitro decidió detener el combate a los 2:55 del asalto. En el cuarto, Williams había enviado a McCall a la lona, aunque la acción fue considerada un resbalón. La victoria prolonga una actividad que resulta cada vez más difícil de justificar desde el punto de vista deportivo y, sobre todo, sanitario. McCall regresó en noviembre de 2024, después de cinco años alejado del ring, y desde entonces ha boxeado exclusivamente en veladas de Country Box en Nashville, promotora vinculada a Jimmy Adams, antiguo representante del púgil. En este periodo ha derrotado a Stacy Frazier, de 54 años, y Gary Cobia, de 52, y empató con Carlos Reyes, de 47, antes de enfrentarse ahora a Williams, que llevaba cerca de dos años sin combatir.
La cuestión no es únicamente que McCall tenga 61 años. Su rival también tiene 54, un historial profesional muy modesto y una larga inactividad. La responsabilidad de permitir que se celebren estos combates recae en quienes los organizan y, especialmente, en el organismo que debe velar por la seguridad de los boxeadores. La Comisión de Tennessee ha autorizado todas las apariciones de McCall desde su regreso. Según explicó anteriormente su responsable de comunicación, los púgiles mayores de 35 años deben someterse a pruebas neurológicas adicionales para obtener o renovar su licencia. No se conocen, por supuesto, públicamente los resultados de los exámenes realizados a McCall ni los criterios concretos que justifican estas autorizaciones.
La indignación ya se había manifestado antes de esta pelea. El promotor Lou DiBella calificó de inmoral y peligrosa la posibilidad de que McCall e Ike Ibeabuchi, de 53 años, se enfrentaran en noviembre. Aquella cita, prevista para el 26 de noviembre en Nueva York, fue cancelada al no alcanzarse las 12.500 compras anticipadas de pago por visión exigidas por la organización. En cuestión de días, McCall encontró otro rival y una comisión dispuesta a aprobar el combate.
McCall fue uno de los grandes pesos pesados de los años noventa. En septiembre de 1994 noqueó a Lennox Lewis en el segundo asalto para conquistar el título mundial WBC, que defendió frente a Larry Holmes antes de perderlo ante Frank Bruno. Su carrera también estuvo marcada por problemas personales y por el extraño desenlace de la revancha con Lewis en 1997. Su trayectoria merece respeto, pero su pasado no debería servir como argumento para permitirle seguir exponiéndose a los riesgos de un deporte tan exigente.
No se trata de cuestionar el derecho de un antiguo campeón a querer boxear, ni de diagnosticar su estado de salud desde fuera. Se trata de preguntarse quién debe poner el límite cuando el propio deportista, su entorno y los promotores tienen incentivos para seguir adelante. A los 61 años, McCall acaba de sumar otra victoria a su récord. La verdadera responsabilidad, sin embargo, vuelve a estar en la comisión que ha permitido que se dispute el combate.
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