Cobbs entrenaba duramente, pero no le llegaban oportunidades

Darío Pérez
@Ringsider2020

La historia del púgil estadounidense Blair Cobbs es una de las pruebas de que la realidad supera a cualquier película concienzudamente guionizada. El campeón NABF (North American Boxing Federation) del peso wélter, que cuenta con 30 años y es una de las esperanzas de Golden Boy para los próximos años, tiene una experiencia vital que, previa a la entrevista que mantendremos en próximas fechas con él, a los lectores de ESPABOX les interesará conocer.

INFANCIA CON LAS MALETAS SIEMPRE PREPARADAS
Nacido en Filadelfia (Estados Unidos) el 30 de diciembre de 1989, pasó la infancia en esa zona hasta que sus padres se separaron; él contaba con siete años de edad, y poco se podía imaginar la odisea que le esperaba en los próximos años. Su padre, Eugene, se fue al otro lado del país, a Los Ángeles, y él se mudó junto a su madre y la nueva pareja de esta a Salt Lake City, casi tan lejos. No duró mucho la aventura, y pronto volverían a Pensilvania…hasta que, dos años después, y dado el éxito de su padre en sus negocios, Cobbs y su hermana volvieron a hacer las maletas para dirigirse a California con el progenitor.

La vida en Beverly Hills era un sueño para el joven Blair: una mansión, coches, aviones, etc. Pero lo material se volvió secundario cuando recibió dos fatales noticias en un breve espacio de tiempo. Su madre falleció en extrañas circunstancias celebrando una fiesta, y poco después el cáncer se llevaba a su abuela, la única persona que les quedaba en caso de que a su padre le ocurriera algo (al fin y al cabo, los hermanos Cobbs eran unos adolescentes que aún necesitaban, en lo afectivo y económico, ser parte de un núcleo familiar).

En caso de que a su padre le ocurriera algo, hemos dicho. Y ese «algo» se dio. Eugene Cobbs estaba siendo seguido desde hace tiempo por las autoridades federales por varios motivos: sospechas de tráfico de drogas, vuelo imprudente, ignorar advertencias de controladores aéreos o incluso volar con la licencia retirada. Pues bien, en diciembre de 2004, con el chaval Blair a punto de cumplir 15 años, su padre partía en la avioneta modelo Piper Aerostar de 1977 de California a Filadelfia; tras parar a repostar en Utah y Missouri, intentó aterrizar en Virginia Occidental bajo unas condiciones complicadas debido a la nieve, estrellándose en un pequeño barranco.

Llevaba unos 240 kilos de cocaína a bordo, con un valor de mercado de más de 20 millones de euros actuales. Milagrosamente, ya que no se encontraron restos de sangre en la cabina del aeroplano, Cobbs padre logró llegar por su propio pie a Filadelfia con documentos de identidad falsos para, desde allí, arreglárselas y huir a México. Era, con todas las letras, un fugitivo de la justicia federal estadounidense.

Un modelo de Piper Aerostar como el que estrelló Eugene Cobbs

HUYENDO DE LA JUSTICIA: DE CALIFORNIA A JALISCO
Pocos días después, la mansión Cobbs de California, con el joven Blair, era tomada por las autoridades en búsqueda de pistas para localizar a su padre. La vida sencilla del adolescente había cambiado para siempre de la noche a la mañana. Por joven que seas, cuando ves que tu padre no vuelve y pinchan tus teléfonos o controlan tu casa, te das cuenta de que algo no va bien. Pero las dudas en Blair Cobbs y su hermana no iban a durar mucho.

A comienzos del año 2005, su padre logró contactar con ellos y les dijo que se reunieran con él. Estaba en Guadalajara (México), y les había preparado todo para llegar allí con seguridad, algo que los dos adolescentes hicieron. Sin duda, las alternativas que tenían no eran nada halagüeñas, porque eran hijos de un fugitivo y menores de edad. En Guadalajara todo era complicado: no sabía nada de español, tuvieron que adoptar identidades falsas, simular una vida que no era la suya y asumir el rol de fugitivos, siempre en guardia por si eran localizados. Ahí aparece el boxeo en la vida de Blair, como refugio, consuelo, alternativa y respuesta.

Cobbs busca un sitio donde hay un idioma común, donde te respetan por lo que haces cada día y donde poder enfocar sus frustraciones de no poder ser, literalmente, nadie. Y ese lugar es el gimnasio, más concretamente un espacio entre dieciséis cuerdas, si es que las había. Cobbs empieza a entrenar, desde cero, en un país en el que, como sabrán los lectores de ESPABOX por algunas de nuestras entrevistas, los niños a los quince años ya tienen años de pugilismo en el cuentakilómetros. Pero a un chico que viene del todo a la nada no le iban a asustar unas cuantas palizas en sus primeros pasos dentro de este fascinante deporte que estaba descubriendo.

EL BOXEO COMO ÚNICO MODO DE RECORDAR QUIÉN ERES
Curiosamente, el gimnasio que empezó a frecuentar Cobbs era regentado por el padre de Óscar Larios, a la sazón ídolo de la ciudad del estado de Jalisco. Larios era campeón mundial supergallo del WBC, un corajudo boxeador en el que los jóvenes potrillos del establo de Larios Sr. querían moldearse. Y, entre todos ellos, allí estaba un espigado Blair Cobbs, anglosajón entre hispanos, negro entre blancos, con su distintivo pelo «afro» destacando entre las cabelleras morenas y pelirrojas de los oriundos del lugar. Por eso, solía ser la atracción principal de las sesiones con público del barrio desde las pocas semanas de empezar, porque, pese a ser uno más entre todos los jovencitos tapatíos, lo exótico se veía a primera vista. Por eso, sus compañeros le llamaban Apollo Creed en aquellos tiempos.

El destino es caprichoso. Mucho. En una de esas veladas, aunque sea un término que no hace justicia a la modestia de tan aguerridas peleas, un chaval pelirrojo que empezaba a destacar aparecía como telonero de Blair Cobbs. Se llamaba Saúl Álvarez, y empezaba en el boxeo siguiendo los pasos de sus seis hermanos mayores. Años después, más de una década, Saúl Álvarez es Canelo, la mayor estrella mediática del boxeo mundial, y un emergente Blair Cobbs se daba a conocer ante el mundo en uno de los combates previos del pleito entre ese pelirrojo, ya hecho hombre, y Sergey Kovalev.

Saúl «Canelo» Álvarez y sus hermanos, familia de boxeo

Volviendo a nuestro protagonista, Cobbs tuvo que permanecer unos años en México de manera clandestina, con otro nombre y otra vida distinta de la que le correspondía, pagando los pecados de su padre que tanto había disfrutado en el lujo californiano. El peligro de que localizasen y capturasen al cabeza de familia estaba siempre latente, y eso habría sido catastrófico para un Blair Cobbs que se aproximaba a la edad adulta. La identidad siempre era un problema para un joven que solo se sentía seguro en el gimnasio. Allí nadie le preguntaba por su nombre, ni de dónde venía, ni por qué no hablaba apenas la lengua local; simplemente, era Apollo Creed.

VUELTA A ESTADOS UNIDOS, LA NUEVA VIDA EN LAS CALLES
En el año 2008, Cobbs tuvo la oportunidad de volver a Estados Unidos gracias a la expareja de su padre, que le ofreció ayuda para poder buscarse la vida allí y dejar atrás los años de refugio en México. Como su padre había comenzado una nueva vida y formado una nueva familia en Guadalajara y su hermana ya tenía capacidad de volar sola, nada le ataba al aún jovencito al lugar donde se hallaba, así que aprovechó la ocasión. Y acertó, ya que, a finales de ese año, cuatro después del accidente de su padre que cambió la vida de los Cobbs, las autoridades federales yanquis encontraron al escapista Eugene, logrando su extradición al poco tiempo.

Eugene Cobbs fue acusado de múltiples violaciones de la ley, y, tras declararse culpable para atenuar la pena, en 2010 fue condenado a doce años de cárcel. Y eso empeoró la situación de Blair, que se vio aún más solo que cuando estaba en México. Al fin y al cabo, en Guadalajara estaba con lo que quedaba de su familia y podían subsistir con trapicheos a menor escala, pero ahora no tenía nada a lo que agarrarse.

Arruinado, sin trabajo ni perspectiva de tenerlo, Blair Cobbs vagaba por las calles de su Filadelfia natal con un sueño, ser boxeador. Llegó a dormir en un coche o en un sofá de familiares lejanos, trabajando de lo que podía para sobrevivir, incluso en peleas organizadas de boxeo entre vagabundos. Cobbs define este periodo de su vida como de completa «opresión». Hasta que un día Marvin Shuler, exboxeador (hermano del trágicamente fallecido James Shuler) que se estaba buscando la vida como promotor y agente, le vio boxear y se fijó en él.

LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL
Shuler, a través de su empresa Black Gold, pensó que ese nuevo hallazgo tenía potencial para ser alguien importante en el mundo del deporte americano. Con esa idea, le convirtió al profesionalismo, y él mismo se tornó en una especie de padre, mentor, agente y amigo, de tal manera que le ayudó económicamente incluso acogiendo a Cobbs en su propia casa. Shuler relata que este hecho le causó graves problemas en su matrimonio, pero estaba convencido de tener a un diamante en bruto en las manos. Estaba enamorado de las cualidades, tanto físicas como mentales, de ese desconocido: su determinación por lograr lo que se propusiera, su trabajo incansable, sus innatas capacidades atléticas y un estilo imprevisible, que provocaba tremenda confusión en los rivales.

La reputación de Blair Cobbs en esos tiempos de volverse profesional creció sin freno en la zona de Filadelfia, y muchos grandes nombres le llamaban para hacer sparring (las malas lenguas dicen que dominó a Danny García y puso en apuros a otros grandes púgiles del panorama nacional, como Julian Williams o Tevin Farmer) porque siempre ofrecía oposición y nunca quería parar de boxear. Sin embargo, toda esa reputación, en apariencia positiva, se volvió en su contra.

Cobbs entrenaba duramente, pero no le llegaban oportunidades

BOXEO PROFESIONAL: NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE
La fama de ser un boxeador desconocido y peligroso a partes iguales le resultó muy perjudicial a Cobbs. Tres peleas en el boxeo rentado, un año hasta la cuarta, y problemas, muchos problemas. Nadie quería compartir ring con él: a los boxeadores de buen récord no les interesaba exponerse ante alguien que estaba empezando y representaba una seria amenaza, y los boxeadores modestos exigían bolsas generosas por ir a ser noqueados, algo que un promotor tan humilde no se podía permitir. Mientras sus compañeros de gimnasio eran firmados por grandes empresas como Top Rank, Showtime o Golden Boy, él pasó dos años sin poder subirse a la lona. Blair pensó en dejarlo, presa de la frustración por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos.

Tras muchas dudas, Cobbs se quiso dar una última oportunidad en lo que más le gustaba hacer, tomando una dolorosa decisión, y pidió a Shuler separar sus caminos; a su segundo padre, al que le había acogido sacándole de las calles y le había hecho profesional. Veía que, para crecer y ser alguien en el deporte que amaba, tenía que buscar otro patrón. Shuler accedió. No quería perjudicar a Cobbs ya que él mismo había sido boxeador y, además de cariño, sentía enorme empatía por cualquier deportista.

ENCONTRANDO EL CAMINO
Con una mochila, se marchó a Las Vegas en busca de ese último tren al que subirse. Se presentaría en los gimnasios de la ciudad de Nevada con el deseo de que alguien se fijase en él. Mientras se mostraba con tales esperanzas, encontró trabajo para subsistir en el campo de la seguridad mientras pudo asentarse con un mánager. Fue Greg Hannley quien advirtió las capacidades del recién llegado, y, con el entrenador Bones Adams, empezó a darle peleas de manera regular en 2017. Así, en diciembre de ese año, mientras cumplía 28 años, cumplía su sueño al firmar con una gran empresa boxística, Golden Boy Promotions.

Cobbs en 2017, justo antes de integrarse a Golden Boy

Desde tres años a esta parte, la vida de Blair Cobbs es diferente. Antes no tenía mucho que perder, y ahora tiene mucho que ganar. Pero las piedras que lleva en la mochila nunca podrá olvidarlas…