JORGE LERA

Me gustaría invitaros a dar un salto en el tiempo y en el espacio para recordar el que ha sido el mayor templo de conocimiento y sabiduría boxística de todas las épocas: el gimnasio de Stillman, en Nueva York, durante años el centro de trabajo de los mejores boxeadores, mánager y entrenadores de la historia del noble arte. O como lo llamaba el genial escritor A.J. Liebling, la Universidad de la Octava Avenida. Y es que el gimnasio de Stillman es al boxeo lo que las universidades de Salamanca, Harvard, Oxford y Cambridge juntas son al conocimiento humano.
Los orígenes del más legendario gimnasio de boxeo se remontan a los años posteriores al final de la Primera Guerra Mundial. Un rico filántropo de nombre Marshall Stillman, con la ayuda de Lou Ingberg, construyó un gimnasio en Harlem para ayudar a la rehabilitación social de gente que salía de la cárcel. Pero por desgracia, el gimnasio era habitualmente robado y saqueado precisamente por aquellos individuos a los que el humanista pretendía ayudar.
Por aquel entonces, el gimnasio más famoso de boxeo era el Grupp’s, donde entrenaba Benny Leonard, uno de los más grandes campeones de la historia. Junto a él, siguiéndole los pasos, también acudían los más destacados boxeadores de Nueva York. Casi todos ellos, como el propio Leonard ,eran judíos. En cierta ocasión, el propietario del gimnasio, Bill Grupp, un borrachín de origen holandés, no tuvo mejor ocurrencia que hacer una serie de comentarios antisemitas de muy mal gusto. Disgustado, Benny Leonard, el líder de todos ellos, decidió que tenían que cambiar de gimnasio. Benny y el resto de boxeadores escogieron el de Stillman, aunque hasta entonces nunca se había dedicado especialmente al pugilismo.

Eran tiempos en los que el boxeo emergió con fuerza y se convirtió en un auténtico deporte de masas. Cuando Benny Leonard empieza a entrenarse en el Stillman’s el local se llena de aficionados que acuden a ver en persona al popularísimo campeón del mundo del peso ligero. Diariamente acudían a verle decenas, cientos de personas. Y Lou Ingberg, que es quien dirige realmente el gimnasio, ve que existe una gran posibilidad de negocio si cobra entrada a cada uno de los aficionados.
Ingberg, entonces, decide hacer una valiente e importante inversión y construye en la Octava Avenida de Nueva York un nuevo gimnasio, más grande, que seguirá llamándose Stillman’s Gym. Y desde entonces, a Lou Ingberg se le comienza a conocer por el nombre de su gimnasio, por el apellido del original filántropo: ahora todos le llaman Lou Stillman o simplemente señor Stillman.

Todos los más grandes campeones de esa época pasarán por el gimnasio de la Octava Avenida. Desde Joe Louis a Rocky Marciano. Rocky Graziano, Jake la Motta , Joey Maxim, Jersey Joe Walcott. Incluso legendarios ex campeones como Jack Johnson o Jack Dempsey frecuentaban el peculiar recinto.
El local tenía personalidad propia. Una escalera como cochambrosa entrada y dos pisos para trabajar. El principal, con dos rings donde de forma ininterrumpida se hacía guantes. El piso de arriba, dedicado a los sacos y a los punching balls, con un espacio para hacer sombra y comba.
El gimnasio lo dirigía personalmente Lou Stillman, que acabará convirtiéndose en un personaje de leyenda. Respetado y temido, célebre por su mal genio y su hiriente sentido del humor. Dirigía su negocio con mano de hierro. Nunca acudía a su centro de trabajo sin su revólver del calibre 38 bien visible. Y es que Stillman solía decir con cierto orgullo que en su local no cabían las confianzas. Al menos una docena de los alumnos de su particular academia acabaron en la silla eléctrica.

El gimnasio era de película, o mejor dicho, los gimnasios de las películas están basados en el gimnasio de Stilman. Un ambiente cerrado, olor a sudor y a linimento mezclado con el humo de los cigarrillos y puros de los mánager y de los espectadores. En el piso principal, en el de los dos cuadriláteros, había espacio para unas veinte filas de sillas plegables donde se sentaban los aficionados. Por veinticinco centavos, o cincuenta centavos a partir de los años cincuenta, podían ver espectaculares sesiones de guantes y observar en vivo a los más destacados campeones del mundo. Los aficionados sentados, los mánager siempre de pie. Se consideraba que ver los entrenamientos desde una silla era poco profesional.
En la entrada estaba Jack Curley, el encargado. Un personaje de carácter inalterable que, según contaba un ex campeón, hubiera sido capaz de negar la entrada al mismísimo Jesucristo si antes no le arreaba los cincuenta centavos. El insigne escritor A.J. Liebling decía de él que con el tiempo había entrenado a la perfección sus músculos faciales para evitar cualquier gesto de reconocimiento. En cierta ocasión el campeón del mundo Jimmy Carter necesitaba entrar en el gimnasio para hablar con su apoderado. Curley puso cara como de no reconocer al celebérrimo campeón mundial y le espetó: “Me importa un carajo quién seas. O me sacudes los cincuenta centavos o tú de aquí no pasas”

No había espacio para las confianzas en el gimnasio de Stillman. El propietario, siempre con su revólver bien visible, tenía una oficina desde la que veía los rings de entrenamiento. Desde ahí anunciaba por megafonía el orden en que los boxeadores deberían subir al cuadrilátero. Su carácter agrio y su permanente mal humor eran bien conocidos en los ambientes boxísticos. Stillman lo tenía claro, una de sus máximas era: “me da igual que sean grandes o pequeños, campeones del mundo o simples paquetes. Yo a todos los trato de la misma manera: mal. Si les tratas como humanos acaban comiéndote vivo”. Stillman les gritaba, les faltaba, les menospreciaba, sí, pero siempre con mucha clase.

El gimnasio era realmente apestoso. Sudor, cuero, linimento y humo en un ambiente cerrado. Las paredes sucias y desconchadas, decoradas con amarillentos carteles de combates y trozos de escayola que permanentemente se caían del techo. Y algo de obligado cumplimiento: las ventanas siempre cerradas. Si algún boxeador pedía a Stillman que abriera las ventanas para que entrara un poco de aire fresco, la respuesta del propietario era siempre la misma: “Chaval, búscate otro gimnasio”. Tras unas horas allí la ropa apestaba a tabaco. Eso sí, en los vestuarios, en los que había tres duchas que no siempre funcionaban, se exhibía un cartel bien grande que decía: “Lavad vuestras ropas, por orden de la comisión atlética”.

Cuenta la leyenda que ese ambiente del gimnasio de Stillman tenía propiedades mágicas. En cierta ocasión, el campeón del mundo del pesado Genne Tunney pidió que se abrieran las ventanas para recibir aire fresco. El campeón del mundo del peso pluma, Johnnny Dundee, le dijo: “¿Estás loco o qué? ¿Aire fresco? Seguro que es perjudicial para la salud”.

También se recuerda como el entonces campeón del mundo del ligero, el mítico Beau Jack, dejó el gimnasio de Stillman para preparar la defensa de su título ante Bob Montgomery. El campeón, que era uno de los habituales del gimnasio, decidió cambiar de aires para su puesta a punto y montar su cuartel general en la montaña. Perdió. Tras la derrota, Jack opta por abandonar el aire limpio del campo y retornar al sucio ambiente del Stillman’s . En el combate de revancha Beu Jack recupera su título. Las propiedades terapéuticas del hediondo aire del gimnasio quedaron definitivamente demostradas.

Pero en el Stillman’s no solo estaban los mejores boxeadores sino también los mejores maestros, los mejores preparadores de la historia. Ray Arcel que entrenó a Benny Leonard, Tony Zale y Kid Gavilan entre otros, y que ya de mayor fue fundamental en la carrera de Roberto Durán , Freddie Brown, posiblemente el mejor cutman de la historia, Manny Seamon, Whitey Bimstey, Al Silvani, Charley Goldman… Los mejores, los más grandes. Allí aprendió el oficio Angelo Dundee, que acabó de entrenador de Muhammad Ali y de Sugar Ray Leonard, pero que en el Stillman’s era el chico que llevaba el cubo o el encargado de coger el teléfono. O el mítico Lou Duva, que tras acabar su jornada de camionero iba a recibir su educación en el cochambroso gimnasio. Lou Duva lo tenía claro: “Esos eran los entrenadores que más sabían, los de mayor experiencia, los de más conocimientos. No como los de ahora”.

Las jornadas de trabajo eran duras e intensas. De doce a cuatro ininterrumpidamente. Todo el mundo haciendo guantes. Los boxeadores aprendían al medirse a rivales de mayor nivel en el gimnasio. Y lo más importante, todos los días, de lunes a sábado, boxeo. A diario en Nueva York: los lunes en el Saint Nicholas Arena, el mítico Saint Nicks, los martes en el Broadway Arena, los miércoles en White Plains, los jueves en el Bronx Coliseum, los viernes la gran velada del Madison Square Garden y los sábados en el Rigdewood Grove. Además, también semanalmente, había veladas en el Laurel Garden, en el Coney Island Arena, en Fort Hamilton y en el Queensboro. Los entrenadores no daban abasto. Entrenaban por la mañana y estaban en la esquina por las noches. Trabajaban de cinco a seis combates al día, todas las semanas, todos los meses del año. Los boxeadores empezaban como teloneros en las veladas de club. Aquel que destacaba especialmente podría llega a protagonizar el combate de fondo. De ellos, los mejores se incluirían en los combates preliminares de las veladas del Madison Square Garden. Si un boxeador seguía ascendiendo y llegaba al semifondo o al combate de fondo del Garden, es que entonces estaba preparado para ser campeón del mundo.

Pero el Gimnasio de Stillman no era sólo la academia y la universidad. También era La Bolsa , el mercado de valores del boxeo. Todos los mánager de Nueva York estaban a diario en el Stillman’s. Siempre de pie, siempre fumando. En una de las paredes del piso de abajo, el de las sesiones de guantes, había cinco teléfonos de monedas. Allí entraban llamadas de todo el mundo. Cualquier promotor que buscaba un boxeador llamaba al Stillman’s. Incluso había riñas para ver quién cogía primero el teléfono. El primero en hacerlo sabía que tendría trabajo para sus púgiles. Por ello, Stillman decidió poner siempre a un encargado. Míticos personajes del boxeo como Al Braveman o Angelo Dundee empezaron recogiendo llamadas en el gimnasio de Stillman.

Era una época en la que se vivía boxeo, se respiraba boxeo. A pocos metros del gimnasio estaba el Madison Square Garden. Y también cerquita el Neutral Corner, el Rincón Neutral. Allí comían y bebían apoderados, promotores, boxeadores en activo y retirados, apostadores profesionales, mafiosos y aficionados. Otro de los habituales era el insigne escritor A.J Liebling, el que mejor supo retratar este ambiente en sus geniales escritos. Tras la barra, atendiendo al variopinto personal, el gran Toni Janiro, que nunca llegó a campeón mundial pero que fue uno de los boxeadores más populares y taquilleros de Nueva York. Y bien cerca de la caja registradora, un ejemplar del libro de records de The Ring, el libro de Nat Fleischer, juez absoluto e indiscutible en cualquier apuesta o discusión.

Jamás el boxeo adquirió un nivel similar al de las décadas de los cuarenta y los cincuenta. Pero poco a poco, la televisión fue acabando con las veladas de clubes y empezó a disminuir el trabajo para púgiles y preparadores.

En 1959, el viejo Lou decide cerrar el gimnasio y vivir de las rentas. Un acontecimiento impactante, realmente luctuoso. El cierre del gimnasio de Stillman apareció en la portada del New York Times: “Me voy, echo el cierre al negocio. Los boxeadores de hoy en día son unas niñas. Esto no es como cuando los boxeadores respiraban aire viciado y comían malos alimentos. Ahora es todo distinto. Los chavales tienen dinero en los bolsillos pero no saben ni reír.”

El gimnasio ya era historia. Stillman se marchó a California a vivir con su hija y allí se dedicó a pintar al óleo. Pero como años después reconocería a Al Braverman, vender el gimnasio fue el mayor error de su vida. El viejo cascarrabias ya no tenía con quién hablar ni a quién echar broncas. Murió a los 82 años en una residencia, justo diez años después del cierre de su legendaria academia.

En la actualidad, en el espacio dónde se encontraba el sagrado recinto del conocimiento boxístico, el 919 de la Octava Avenida , se alza un impersonal edificio de apartamentos. Ni siquiera una simple placa para recordar el lugar donde se dio una mayor concentración de sabiduría pugilística, donde más sudor se derramó, donde se hicieron más asaltos de duro guanteo, donde más chavales se educaron en la dulce ciencia. Nada. El gimnasio de Stillman es desde hace ya mucho simplemente un recuerdo, una leyenda. Un lugar irrepetible.