Redacción Espabox

La historia de redención de un boxeador arrasó en los cines de Estados Unidos durante la Navidad de 1976. Diecinueve meses antes, Sylvester Stallone escribió el guion de Rocky en tres días y medio, desesperado por verse relegado a papeles secundarios, y el actor de raíces italianas, como Rocky Marciano o Jake LaMotta, regaló una lección de motivación al mundo que perdura en el tiempo. En el boxeo, la totalidad de púgiles comparten el sueño de Balboa, pero pocos son los que lo alcanzan. Antes de que Chuck Wepner inspirase a Stallone, otro Rocky, pero en este caso real, acabó con demasiadas cosas en una noche para un boxeador cuya historia fue llevada al cine por Manuel Summers con la película «Urtain, el rey de la selva… o así».

La media entrada que registró su combate ante Rocky Campbell en la plaza de toros de Valencia el 22 de junio de 1974 indicaba el descenso de popularidad de un Urtain en horas bajas, en la que era la tercera ocasión (y última) que el vasco boxeaba en la ciudad del Turia, donde en todas sus apariciones ocurrieron acontecimientos inesperados. En la primera, en las Fallas de 1969, la expectación fue máxima para ver la séptima victoria del de Cestona, que desembocó en la disolución del “clan Urtain”, al llegar las desavenencias y romperse su equipo deportivo primigenio. Dos años después, Urtain noqueó al nigeriano Sonny Idowu, después de que se aplazase la velada una semana por la vendetta del presidente de la federación alemana, quien perdió la acusación de amaño que cursó contra Urtain.

Urtain-Román II

George Foreman y Muhammad Ali no quitaban el sueño a Urtain
A su llegada a Valencia, José Manuel Ibar desconcertó a la prensa al aparecer con el rostro más dañado que en algunos de sus combates. El boxeador guipuzcoano tranquilizó a los reporteros al explicarles que las marcas eran fruto de un cabezazo fortuito mientras celebraba el segundo gol de Vicente del Bosque ante la Unión Deportiva Las Palmas, que clasificó al Real Madrid para la final de la Copa del Generalísimo. No era la primera vez que Urtain sufría un percance en el Santiago Bernabéu. Su año 1973 se vio reducido a una sola pelea con victoria, por estar lesionado de un tobillo en una caída en el coliseo blanco. “El Morrosko” sentía que podía conquistar el título de Europa del peso pesado por tercera vez, ya que la experiencia adquirida a base de golpes ante Henry Cooper o Jürgen Blin le daban la tranquilidad necesaria para olvidarse de una prensa que estaba desorientada con sus próximos pasos. Los más partidarios temían que se sobreentrenase por el exigente calendario que le plantearon los promotores españoles para el verano de 1974. La motivación, como el dinero, iba y venía para Urtain, que prefería alargar sus partidas de mus. El nulo en marzo de 1974 ante José Román antecedió a una primavera triunfal, en la que el vasco ganó a los puntos al neerlandés Jan Lubbers y noqueó en cuatro asaltos al británico Richard Dunn.

Urtain-Dunn

Al otro lado del Atlántico, Don King cerró el combate entre George Foreman y Muhammad Ali en Zaire. Las opciones de Ali se antojaban remotas, y el equipo del campeón de los pesados contemplaba sus siguientes defensas, en las que Urtain aparecía como posible rival. Yamil Chade trasladó al excampeón europeo que estaba en la senda de boxear con Foreman. Para José Manuel Ibar, afrontar un reto de esas características debía ir aparejado de una bolsa acorde a sus exigencias. Antes del combate con Rocky Campbell, Urtain recibió más preguntas sobre Foreman que sobre su rival en el coso valenciano, y respondió sin evasivas: “Foreman es un hombre con dos puños, como yo, y no le tengo miedo. Como todo hombre, si se le pega bien, puede caer igual que cualquier otro”.

España impresiona a Rocky Campbell más que Urtain
Una bravuconada que no impresionó a Campbell. Igual que detrás de Urtain estaba José Manuel Ibar, en el caso del Rocky de Leicester se halla Milton Campbell. La cálida bienvenida que tuvo en Valencia impresionó a un Campbell acostumbrado al desprecio de los empresarios y el público: “En Valencia me trataron como un rey antes y después de la pelea. Nos pasearon en un coche para publicitar el combate. Me impresionó boxear en una plaza de toros y fue una de las mejores experiencias de mi carrera. Como no dominaba el español, la gente me daba la mano continuamente”. Las 1.500 libras esterlinas (el equivalente a un piso nuevo en Valencia en aquel entonces) que cobró por enfrentarse a Urtain eran una bolsa alta para una pelea a diez asaltos sin ningún título en juego. “Conocía a Urtain, tenía la impresión de que era un buen boxeador, me recordaba a Joe Frazier. Se notaba que no tenía una técnica depurada, y basaba su boxeo en su impresionante fuerza”, rememora Campbell.

Los rivales de escasa entidad, semejantes a los de los inicios de Mike Tyson, que persiguieron a “El Morrosko” durante el resto de su vida se habían acabado. El tercer clasificado en el ranking británico del peso pesado se presentó en Valencia junto al excampeón europeo Al Philips. La dupla conformada por el mánager judío y el imponente 1,88 m de estatura de Campbell se interpusieron en el camino que separaba a Urtain de su añorado título europeo, o del cacareado combate con George Foreman. El récord de Campbell registraba 20 victorias, doce de ellas antes del límite, 16 derrotas y tres empates, pero no reflejaba el nivel de un púgil esquivado durante años en Inglaterra. El antiguano compartió varios oponentes con Urtain, como Jack Bodell, con el que perdió en dos ocasiones, la segunda de ellas en una polémica decisión. Italia fue el territorio de caza favorito de Campbell, donde venció a Bepi Ros y noqueó a Dante Cane, motivado por una propuesta que recibió ante de subir al ring. Su único precedente en España no era el más halagüeño, al perder en el tercer asalto con Gregorio «Goyo» Peralta dos años y medio antes en Madrid. En la misma velada en la que el apadrinado por Juan Domingo Perón dio cuenta de Campbell, Urtain recuperó el cetro continental al doblegar en dos rounds a Jack Bodell, mientras que la derrota con Henry Cooper dio a Urtain más respeto en el Reino Unido que en España. El vasco no se preocupó en estudiar a su oponente, y esperaba que su pegada fuera suficiente: “Le conozco de referencias. Quiero tumbarlo patas arriba cuanto antes”, vaticinó Ibar.

Urtain pierde el habla y algo más
La decreciente pegada heredada del levantamiento de piedras la acusó la humanidad de Rocky Campbell en el primer asalto, cuando un swing del vasco tambaleó al visitante. Los partidarios de Urtain se preparaban para sumarse a los detractores en el silbido por el desenlace prematuro. El de Leicester llegó a la esquina, y volvió a encajar otro impacto demoledor de Ibar. La campana iba a sonar con Urtain contra las cuerdas. El español se disponía a buscar una salida cuando lo alcanzó un golpe que lo dejó sin respiración. “Urtain salió muy agresivo y me di cuenta de que tenía que frenar su ataque. Mi jab no le hacía daño. Así que fui y cerré el ring. Le golpeé en las costillas y en el plexo”, recuerda con precisión Campbell. La tolerancia al dolor de Urtain rozó por momentos lo inhumano. El caribeño perdió progresivamente el respeto e impuso su mayor estatura. La lluvia de golpes se combinó con la sangre que emanó de la nariz de Urtain, que todavía buscaba un hueco para colocar sus nudillos. “Sobre el ring, la pegada de Urtain era terrible, y además era más rápido de lo que parecía, pero quiso terminar demasiado pronto”, describe Rocky Campbell.

Finalizado el quinto round, en el que recibió una cuenta de protección, Urtain no podía articular palabra en su esquina. Con los pómulos entumecidos, y no precisamente por celebrar ningún gol, “El Morrosko” agitó su cabeza para comunicarle al árbitro valenciano Peiró que no iba a salir a la llamada del sexto asalto. La pitada al viejo ídolo fue ensordecedora, hasta que algún aplauso se dirigió al antiguano. “No era justo que lo abucheasen así después de lo que encajó. Puede que Urtain me subestimase, pero hizo un combate digno”, asevera el artífice de una sorpresa de vuelta al ruedo en Valencia. Entre las discrepancias de los exigentes asistentes, Urtain entró en el vestuario, donde le aplicaron un vendaje en el esternón para minimizar el dolor en su viaje de vuelta a Madrid. El Dr. Francisco Massa diagnóstico al excampeón europeo la fractura de dos costillas, una zona en la que arrastraba dolores de combates anteriores. La Federación Española de Boxeo impuso al guipuzcoano la suspensión reglamentaria de un mes.

Rocky Campbell desmiente los supuestos tongos de Urtain
Las aspiraciones de Urtain fueron heredadas por Campbell. El deseo de disputar la corona europea que poseía el británico de origen húngaro Joe Bugner pasó a un Rocky Campbell, cuyo nombre se repetía en los periódicos españoles. “Ahora resulta que hasta se acuerdan de cómo se llama. Cuando iba a pelear conmigo era muy malo. Pero me ha ganado y se hizo popular», declaró Urtain desde su forzado reposo. La leyenda negra sobre los tongos de Urtain se construyó desde la prensa española, en buena medida, ante especulaciones sobre sus oponentes. José María García llevó está práctica a su cenit con el libro “Comedia Urtain”, en el que descalificó a los rivales de “El Morrosko” por ejercer otras profesiones ajenas al boxeo. Los periodistas españoles atosigaron a los derrotados por Urtain para cuestionarles sobre si habían recibido algún soborno para dejarse ganar. El caribeño también tuvo que desempeñar varios trabajos para sacar a su familia adelante desde que llegase a Inglaterra en 1962, pero estos ya no fueron del interés de José María García, que dejó de investigar las biografías de los oponentes de Urtain cuando estas ya no aseguraban un éxito editorial. A Campbell no le persiguió ningún enviado especial para realizar una entrevista al salir victorioso del coso de la calle Xátiva. Pero la victoria de Rocky Campbell sobre José Manuel Ibar cambió el destino deportivo del británico.

En su carrera, Rocky Campbell también vivió otra situación maximizada por varias películas sobre boxeo como los combates amañados: “Sí, me hicieron una oferta para que me dejase perder. Fue en Italia con Dante Cane. Me negué porque yo no dedicaba mi vida al boxeo para otra cosa que no fuese ganar”. En Leicester, Campbell conoció el trágico desenlace ante Urtain, del que guarda un grato recuerdo: “A estas alturas es imposible saber si alguno de los mánager de Urtain intentó algo raro en sus primeros combates, y no me voy a sumar a esas acusaciones. Conmigo, desde luego, no solo ni me lo plantearon, sino que me trataron mejor que en ningún lado, incluso después de ganarle. Urtain se dejó todo en el ring ante mí, y me pareció un hombre honesto, incapaz de participar en un amaño”.

Mike Tyson y Rocky Campbell

La revancha que nunca se acordó
Sin más opción que permanecer tumbado, Urtain siguió los partidos del Mundial de Fútbol de 1974. Una cita, en la que por segunda vez consecutiva, no estaba presente la selección española. El fracaso en el deporte rey también explica las desmedidas expectativas que se depositaron sobre el deportista más popular de España en la década de los setenta. Inglaterra tampoco se clasificó para el torneo disputado en Alemania y los medios británicos recogieron el triunfo de Rocky Campbell para celebrar que el de Leicester había vengado la derrota de Richard Dunn, y que restauraba el orgullo inglés en los pesos pesados. En la victoria, Campbell sí era inglés y no un inmigrante de Antigua y Barbuda.

La tournée estival de José Manuel Ibar tenía su siguiente parada en la velada que organizaba el promotor Hans Hasse el 12 de julio de 1974 en la plaza de toros de Palma de Mallorca, con la participación estelar de José Durán y Mando Ramos. Hasse movió ficha y contactó con Al Philips para que Rocky Campbell sustituyese a Urtain. Como le ocurriese a “El Morrosko” en 1969, la primera victoria en el coso valenciano le deparó a Campbell la ruptura con el mánager en el que había confiado desde su ingenuidad todas sus esperanzas. Philips se frotó las manos con el aumento de caché de su púgil por el triunfo sobre Urtain, y elevó sus exigencias económicas. Luis Bamala esperaba que la reaparición del vasco, al que había apoyado más allá de lo deportivo, salvase su temporada veraniega en el Campo del Gas, y sin apenas preparación, Urtain apareció como reclamo para la anunciada velada del 9 de agosto de 1974.

El de Cestona exigió que su siguiente combate fuese ante Rocky Campbell. Consideraba que debía sacarse esa espina, ante un oponente al que creía que podía derrotar, antes de volver a retar al campeón del Viejo Continente. El duelo con George Foreman era visto, de manera definitiva, como una entelequia. Ibar se desesperó al trasladarle Bamala que el desquite con Campbell se complicaba por las pretensiones económicas del inglés, pero Al Philips estaba cerca de dar luz verde cuando el propio Rocky Campbell llamó a España para preguntar la cantidad de la bolsa que se correspondía. Al descubrir que la suma era mucho mayor de la que Philips le dijo, Campbell dio por terminada la unión, junto a una enorme decepción con el noble arte. Un Al Philips que contribuyó a que Dick Turpin pudiese ganar la corona británica. Su victoria en 1947 sobre el guyanés Cliff Anderson por el cinturón del Imperio Británico del peso pluma, a pesar de visitar varias veces la lona, supuso tal escándalo que obligó a la BBBofC a modificar su política.

El racismo del boxeo británico frenó a Campbell
A diferencia de José Legrá o Bob Allotey en la España franquista, precedidos por los púgiles procedentes del Protectorado de Marruecos, las barreras raciales en el Reino Unido eran altas en el deporte, porque el temor a disturbios raciales en las colonias británicas hizo que Winston Churchill, en ese momento Ministro del Interior, vetase el combate que debía enfrentar a Jack Johnson con Billy Wells en Londres el 2 de octubre de 1911. La decisión de Churchill desembocó en que solo aquellos que fuesen hijos de padre y madre blancos pudiesen combatir por un cinturón británico. Cuatro años más tarde, tras perder el cetro ante Jess Willard, Jack Johnson se afincó temporalmente en España, después de ser condenado en Estados Unidos por «tráfico sexual interestatal». Más de un siglo después, Donald Trump emitió un perdón póstumo favorable al primer campeón negro de los pesos pesados. El joven antillano que escogió su nombre de guerra en honor a Rocky Marciano (nacido como Rocco Francis Marchegiano), no contó con el respaldo de los promotores británicos. Las directrices de la BBBofC (British Boxing Board of Control) fueron inflexibles hasta 1968, cuando se autorizó la disputa de títulos por parte de inmigrantes, siempre y cuando acumulasen una estancia de diez años en las islas. También recordamos que el boxeo británico ofreció su cara más irrespetuosa en 1980, cuando Marvin Hagler recibió una lluvia de objetos en el Wembley Arena al coronarse campeón del peso medio ante Alan Minter. Llamativamente, décadas después, reconocidos boxeadores negros como Derek Chisora apoyan públicamente a Reform UK, el partido político de Nigel Farage, que busca endurecer las políticas antiinmigratorias en el Reino Unido.

Rocky Campbell lidió con la falta de reconocimiento en un país de solera boxística como el Reino Unido, porque los aficionados británicos todavía añoraban a Henry Cooper, y suspiraban por encontrar un hombre que pudiese plantarle cara a Muhammad Ali de la misma forma en la que Randolph Turpin lo hizo con Sugar Ray Robinson. Su hermano, Dick Turpin, derribó parcialmente la «colour line» en 1948, al ganar el título británico del peso medio. Medio millón de personas procedentes del Caribe se asentaron en el Reino Unido después de la Segunda Guerra Mundial, y por su condición de inmigrante, Rocky Campbell no era considerado como uno de los suyos por los seguidores ingleses, viéndose forzado a aceptar envenenadas ofertas para boxear a domicilio.

El Rocky antiguano y su cinturón
El triunfo sobre Urtain permitió a Campbell disputar, al fin, un título, en una época en la que todavía no se acuñaban muchos de ellos a la carta por parte de los organismos. El antiguano tenía ante sí la oportunidad de ceñirse el cinturón BBBofC de los Midlands de los pesos pesados. Esta región fue la que dio a conocer Randy Turpin y su accidental apodo del «lamedor de Leamington». Los Turpin eran hijos de una enfermera británica que se enamoró de un soldado guyanés herido en la Batalla del Somme. La empresa tenía la dificultad añadida de buscar la victoria a domicilio en Birmingham ante el local Dave Roden. Tras diez asaltos, Campbell se impuso a los puntos. Rocky logró su cinturón. Como en la película de Stallone, el boxeo le deparaba un final feliz.

Era el campeón, solo de su región, pero a fin de cuentas, volvía a casa con un cinturón. Culminado el sueño, a Rocky Campbell poco le restaba por hacer en los cuadriláteros. Una semana después viajó a Bélgica para jugarse a una carta sus opciones de aspirar al europeo, y Jean Pierre Coopman lo noqueó en el sexto asalto. Mucho peor le iban las cosas a Urtain, personaje rescatado en las portadas para pedir su retirada después de caer ante Alberto Lovell. “El Morrosko” no colgó los guantes y pidió insistentemente una revancha con Campbell en 1975, que no se concertó al contar el de Leicester con otro reto.

Richard Dunn era el peso pesado con más apoyo por parte de la afición inglesa. El fornido rubio había formado parte de los batallones de paracaidistas del Ejército Británico, y estaba obligado a vengar su revés ante Campbell, acontecido tres años y medio antes. En su último combate como profesional, Rocky Campbell perdió por nocaut técnico en el séptimo round frente al de Yorkshire. Richard Dunn encadenó siete triunfos después de perder con Urtain, que le valieron la oportunidad de enfrentarse a Muhammad Ali por el cinturón WBC del peso pesado. “Había un altísimo nivel en aquellos años. Yo necesité solo un round para vencer a Dunn y Muhammad Ali no le ganó hasta el quinto. Quién sabe lo que habría pasado si me hubiesen dado otras oportunidades”, rememora Campbell. Más de medio siglo después, el auténtico Rocky, el nacido en Antigua y Barbuda, sigue viviendo en Leicester. En la ciudad industrial reconocida por la gesta obrada por Claudio Ranieri, a sus 82 años recuerda con una sonrisa la dureza del noble arte.