Gustavo Vidal
@Riego357

No sabemos qué pudo ocurrir en los años setenta, pero la fortuna nos agració con una de las etapas más gloriosas -sino la que más— de la historia del boxeo. Nunca concurrieron tantos y tan buenos púgiles. Y en la efervescente división de los pesos pesados. Nada menos.

Así, reinaría Alí, The Greatest, hasta 1978 tras haber pasmado al mundo en los sesenta batiendo al amenazante Sonny Liston, quien, por cierto, alargaría su carrera hasta 1.970.

Todo lo que se narre del loco de Louisville quedará corto y, por supuesto, rebasará las pretensiones de este artículo. Alí, grande entre los grandes.

¿Y qué decir de Smoking Joe Frazier?, el rocoso guerrero de Filadelfia, eterno rival de Muhammad Alí. Auténtico gladiador esculpido en la dureza del bronce, de cuyo diccionario borró los verbos retroceder y rendirse.
–¿Cómo pudiste ganar tus combates con la visión de un solo ojo?—le preguntaban a menudo.
–Bueno, duraban poco —respondía con retranca.
Joe Frazier, genio y figura, quizá el mejor gancho de izquierda de la historia del pugilismo.

Por no hablar de George Big Foreman, el gigantón de Marshall, Texas, ilustre y reciente miembro del selecto club de los septuagenarios, el boxeador vivo más legendario. Tal vez el campeón del mundo de pesos pesados de más potentes puños desde que el boxeo es boxeo.

Foreman, curiosa especie de born again evangélico en la galaxia del pugilato. Asombraría al mundo en los setenta por la contundencia de sus manos y alcanzaría el Everest del respeto y la admiración al reconquistar el título…¡con 45 años!, increíble marca, ejemplo de tesón, poder y fe para presentes y futuras generaciones…

También brilló, pese a su mala suerte y los robos arbitrales, Ken Mandingo Norton, caballero del ring, injustamente postergado en el panteón de las leyendas pese a dar el infierno a Alí en cada uno de los tres combates de aquella trilogía convulsa.

Expoliado de la justa victoria en su tercera pelea con Alí, transitaba ya la cuesta abajo cuando perdió su título en decisión dividida ante un Larry Holmes en plenitud. Injusta concatenación de circunstancias contra el marine Norton, uno de los mejores pesos fuertes de todos los tiempos y que se habría ceñido el cinturón en cualquier otra década. Por supuesto.

La cosecha del setenta también juntó a Larry Holmes, el asesino de Easton, veinte defensas del título mundial, récord de defensas tras Joe Louis y Wladimir Klitchko. A una victoria de pulverizar la marca de victorias seguidas de Rocky Marciano… técnico, estilista, resistente, astuto, pegador… un superclase entre el reinado de Alí y Tyson, circunstancia que, tal vez, eclipsó el fulgor de aquel púgil formidable.

Y podríamos hablar, hablar y hablar de otros grandes de la cosecha del setenta. Pensemos en Earnie Shavers, probablemente el mayor pegador de la historia, quien nunca llegó a campeón mundial pero que en palabras recientes de George Foreman “con su pegada, Shavers hoy dominaría el boxeo”.

O Jimmy Ellis, técnico campeón mundial y sparring de Alí, Jerry Quarry, George Chuvalo, Jimmy Young, Ron Lyle, Floyd Patterson, Ernie Terrell, Henry Cooper, Cleveland Williams, Thad Spencer, Zora Folley, Oscar Bonavena…

Como dije al principio, nadie podrá explicar esta conjunción de astros del peso pesado en unos pocos años, pero, sin duda, una “cosecha” similar revitalizaría el boxeo actual hasta límites impensables.