Redacción ESPABOX

En enero de 1944, el periodista Al Laney del New York Herald Tribune buscó durante días a Sam Langford por los barrios de Harlem. Muchos de los que le conocían daban por hecho que había muerto. Cuando por fin lo encontró en una habitación diminuta de un hotel de mala muerte en la calle 139, Langford estaba sentado al borde de su cama escuchando una radio vieja. Tenía veinte centavos en el bolsillo. No veía y nadie se acordaba de él. Y sin embargo, en su momento de mayor esplendor, Jack Johnson, el primer campeón mundial del peso pesado de raza negra de la historia, había declarado que Sam Langford era «el hijo de puta más duro que jamás vivió».

Los orígenes

Samuel Edgar Langford nació el 4 de marzo de 1886 en Weymouth Falls, Nueva Escocia (Canadá), en una pequeña comunidad cuyas raíces se remontaban a los esclavos negros que escaparon de sus amos durante la Guerra de Independencia americana para luchar junto a los británicos y que, al terminar la guerra, fueron embarcados hacia las costas canadienses. La familia Langford vivía en una pequeña casa de dos habitaciones y un desván donde dormían todos los hijos. Sam era el sexto de siete hermanos. Su madre murió cuando él tenía 12 años, y su padre, un hombre de carácter duro y dado a la bebida, lo sacó de la escuela para ponerlo a trabajar. «Me daba una paliza cuando llegaba borracho a casa», recordaría Sam años.

A los 13 años, después de ser enviado a trabajar en el bosque y olvidarse un día de ir a comprar los víveres que le había encargado su padre, recibió una tunda que decidió su destino. Ató los bueyes a un árbol, dio media vuelta y no volvió más. Durante un tiempo trabajó en barcos madereros, en campamentos de tala, o en granjas. Llegó a Boston a los 15 años, con los dedos de los pies asomando por los zapatos y un perro amarillo y sarnoso como única compañía. Un hombre llamado Joe Woodman le dio trabajo limpiando su club de boxeo y le dejó dormir sobre una colchoneta en el gimnasio.

El boxeador que todos querían evitar

Langford aprendió a boxear de casualidad y a base de golpes. Medía 1,67 metros y en su mejor momento no superaba los 77 kilos, pero poseía en sus puños una potencia desproporcionada para su tamaño, una resistencia al castigo que desconcertaba a rivales mucho más grandes, y una inteligencia táctica dentro del ring que fascinó a los aficionados de su época. Con apenas 17 años venció por decisión en 15 asaltos al gran campeón mundial del peso ligero Joe Gans, considerado por muchos el boxeador más completo de su generación. El propio Gans lo buscó esa misma noche en el cabaret donde Sam celebraba la victoria y le estrechó la mano: «Muchacho, vas a ser un gran boxeador algún día. Eres el primero que me ha hinchado los labios. Cuídate, no te vuelvas arrogante y nadie podrá impedirte ser campeón».

El problema era el peso. Gans era campeón del peso ligero, y Sam pesaba más de lo permitido, así que el título no cambió de manos. Después derrotó a campeones y aspirantes en todas las categorías, como Joe Walcott, el «Demonio de Barbados»; Jack Blackburn, que décadas después sería el entrenador de Joe Louis; Joe Jennette, Sam McVea y Harry Wills, los tres mejores pesos pesados negros de la época. Los derrotó una y otra vez, en combates que se repetían hasta la saciedad porque no había otros rivales dispuestos a plantarle cara.

Jack Johnson y la barrera del color

El capítulo más doloroso de la carrera de Langford es su relación con Jack Johnson. En abril de 1906, con solo 20 años y pesando unos 63 kilos, Langford subió al ring ante Johnson, que le sacaba 18 kilos y casi 15 centímetros de estatura. Johnson ganó por puntos en 15 asaltos, pero el combate fue más igualado de lo que la diferencia física hacía presagiar, y el propio Johnson escribió años después en su autobiografía que Langford le había tumbado con un derechazo en el quinto asalto con un golpe de una fuerza que jamás había recibido ni antes ni después en toda su carrera.

Cuando Johnson conquistó el título mundial del peso pesado en 1908 al derrotar a Tommy Burns en Australia, parecía que Langford tendría su oportunidad. El National Sporting Club de Londres había financiado parte del viaje de Johnson a Australia a cambio de que el nuevo campeón regresara a pelear contra Langford. Johnson firmó el acuerdo, pero luego se negó a cumplirlo. El motivo nunca fue oficial, pero sus allegados señalaron que Johnson sabía que Langford tenía todas las posibilidades de vencerle. «Langford le habría derrotado en muy poco tiempo», dijo Johnson al entrenador australiano Duke Mullins cuando le preguntó qué habría ocurrido si el canadiense hubiera peleado contra Tommy Burns. Durante sus nueve años de reinado, Johnson nunca volvió a pelear contra Langford en un combate oficial.

La barrera del color marcaba el peso pesado. En los estados donde estaban prohibidos los combates entre razas distintas, Langford sencillamente no existía como aspirante. En los que sí se permitían, los campeones blancos se negaban a pelear con él amparándose en la misma excusa, la de respetar la barrera del color, una práctica aceptada y normalizada que eximía a cualquier púgil blanco de la obligación de defender su título ante un rival negro. El poeta W.O. McGeehan publicó en 1907 un poema titulado «¿Quién peleará contra Sam Langford?» en el que enumeraba, uno a uno, a todos los campeones y aspirantes que se negaban a enfrentarse a él: Stanley Ketchel, Billy Papke, Hugo Kelly, Kid McCoy, Jim Flynn.

Ketchel, el «Asesino de Michigan»

Stanley Ketchel era el campeón mundial del peso medio y uno de los boxeadores más letales de su generación. Las negociaciones para un combate entre ambos se prolongaron durante años sin llegar a ningún puerto. Ketchel murió en 1910 de un disparo sin haber peleado nunca contra Langford. Los que conocían a ambos opinaban que habría sido uno de los grandes combates de la historia.

Los rivales negros: Jennette, McVea y Wills

Sin poder disputar el título mundial, Langford y los otros grandes púgiles negros de la época —Joe Jennette, Sam McVea y Harry Wills— se vieron obligados a pelearse entre sí una y otra vez. Langford y Jennette se enfrentaron 14 veces a lo largo de su carrera. Contra McVea llegó a disputar hasta 15 combates. Con Wills peleó en más de una docena de ocasiones. Era un circuito paralelo al título donde los mejores boxeadores del mundo se consumían entre sí sin posibilidad de acceder al cinturón que les correspondía por méritos propios. Los propios rivales eran conscientes del absurdo. Tras una de sus últimas peleas con Sam, McVea declaró: «Sam Langford, ¿yo? No, señor. No voy a volver a pelear con ese chico».

Los años en el extranjero

Langford buscó en el extranjero lo que el boxeo americano le negaba. En 1907 viajó por primera vez a Inglaterra, donde fue aclamado como uno de los mejores boxeadores del mundo. Llegó a Southampton en un estado que hizo sonreír al periodista James Butler, que fue a recibirle al barco. Llevaba un traje de cuadros llamativo, un sombrero de ala ancha y fumaba un gran puro negro. Butler observó que Langford caminaba por las calles de Londres pegado a la pared, cediendo el paso a los transeúntes blancos como hacía en América. Cuando Butler le explicó que en Inglaterra no era necesario, que tenía tanto derecho a caminar por la acera como cualquier otra persona, Langford se quedó genuinamente asombrado. «¿De verdad permitís que la gente de color camine con los blancos? Donde yo vengo, nos consideran escoria negra».

En Inglaterra venció en varios combates, fue aclamado como campeón del peso pesado del país y regresó a Estados Unidos con 4.600 dólares en el bolsillo. Volvió en más ocasiones. También viajó a Australia en 1911, donde disputó una larga serie de combates ante decenas de miles de espectadores. Las dos primeras peleas ante McVea en suelo australiano generaron una enorme controversia por las decisiones de los árbitros, que la mayoría de los presentes consideraron injustas para Langford. En la tercera, Sam ganó de forma contundente. También llegó a México, donde fue reconocido como campeón del peso pesado del país. En París, él y McVea eran tratados como héroes en los cafés y restaurantes del barrio latino. «En París no había línea del color, y ambos hombres eran muy populares», escribió el cronista británico Trevor Wignall. »

La ceguera y el declive
El deterioro físico de Langford fue gradual pero acabó imponiéndose a su privilegiado físico. En 1917, en un combate ante el peso pesado Fred Fulton, recibió un golpe en la frente que seccionó el nervio óptico del ojo izquierdo, y quedó ciego de ese ojo. No se lo dijo a nadie y siguió boxrando. Su mánager y su equipo guardaron el secreto durante años, sabiendo que si los rivales lo descubrían lo aprovecharían sistemáticamente. Cuando los promotores y rivales empezaron a intuir el problema, algunos comenzaron a atacarle deliberadamente en el ojo dañado. En 1926, en su último combate oficial, un mediocre boxeador llamado Brad Simmons le golpeó en el ojo bueno y la pelea fue detenida porque Sam ya no veía nada. Tenía 40 años. Era el final.

El dinero se había ido mucho antes. Langford ganó fortunas a lo largo de su carrera y las gastó con la misma facilidad en ropa llamativa, joyas, automóviles, juego y alcohol. Era generoso hasta la imprudencia y prestaba dinero a diestro y siniestro sin esperar que se lo devolvieran. Una vez le preguntaron cómo podía permitirse ser tan espléndido. «Confundo tener a los amigos que tengo con ser rico», respondió. Cuando intentó recuperar algo de ese dinero enviando cartas a los que le debían, ninguno contestó.

El hombre olvidado

En el momento en que Laney lo encontró en 1944, Langford había desaparecido del mapa. Al periodista le costó días dar con él. La historia que publicó en el Herald Tribune recorrió el país y desencadenó una campaña de recaudación que reunió casi 11.000 dólares aportados por 705 personas, entre ellas Jack Dempsey, Joe Louis, Fritzie Zivic y el promotor Mike Jacobs. El fondo le garantizó una renta mensual de unos 49 dólares durante el resto de su vida.

Langford vivió sus últimos años en Boston, primero en los peores hoteles y finalmente en una residencia de ancianos gestionada por una mujer llamada Grace Wilkins, que aceptó cobrarle menos de su tarifa habitual. Sam pasaba los días en su habitación del segundo piso, fumando puros y escuchando la radio. Recibía visitas de vez en cuando y les contaba historias de sus combates. Un día, la señora Wilkins le preguntó qué haría si pudiera hacer cualquier cosa en el mundo. Sam respondió: «Señora, ya he estado en todos los sitios a los que quería ir, ya he visto todo lo que quería ver y supongo que he comido casi todo lo que hay para comer. Ahora solo quiero sentarme aquí en mi habitación y no causarle ningún problema».

Sam Langford murió el 12 de enero de 1956 en Boston, a los 69 años. Su pueblo natal, Weymouth Falls, le había dedicado años antes una escuela que lleva su nombre. En el municipio canadiense existe hoy un centro comunitario que recuerda al hijo más ilustre de una pequeña comunidad de descendientes de esclavos que un día huyeron al norte en busca de libertad, y cuyo bisnieto se convirtió en el mejor boxeador del mundo que nunca pudo ser campeón del mundo.