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El próximo 28 de mayo, en un evento anunciado para celebrarse junto a las pirámides de Giza y promovido dentro del actual circuito de grandes veladas respaldadas por inversión saudí, Oleksandr Usyk defenderá el título mundial del peso pesado del Consejo Mundial de Boxeo (WBC) ante Rico Verhoeven, campeón de kickboxing y figura consolidada en los deportes de contacto, aunque sin ninguna experiencia en el boxeo, y que es permitido pelear por un mundial WBC sin un combate eliminatorio siquiera. ¿Qué pensará del WBC Agit Kabayel, campeón interino desde hace un año y sin previsión de que le den una oportunidad mundial en los próximos meses? ¿Y los siguientes en las listas que hacen méritos para que les den una oportunidad?
Usyk, actual campeón del WBC y uno de los nombres más importantes del boxeo contemporáneo tras su reinado indiscutido en el peso crucero y su posterior dominio en el pesado, pondrá en juego el cinturón verde y oro en un combate que ha sido presentado como un espectáculo global, con un escenario icónico y una fuerte apuesta mediática. Y ahí es donde comienza el problema. No se trata del lugar. No se trata del show; el boxeo siempre ha convivido con escenarios grandilocuentes. El debate surge cuando el Consejo Mundial de Boxeo decide que su campeonato más emblemático esté en juego ante un rival que no forma parte del ranking del organismo ni ha construido una posición reglamentaria dentro del peso pesado profesional.
«Este WBC actual prefiere el show y el dinero al boxeo»
Esto no va contra Usyk. El ucraniano ha limpiado la división crucero, ha unificado el pesado y ha sido un campeón ejemplar dentro y fuera del ring. Si, tras todo lo que ha conseguido, y a pesar de que al aficionado le gustaría verle contra Kabayel o Itauma, él decide buscar una gran bolsa con riesgo controlado en la recta final de su carrera, está en su derecho. Tampoco es un ataque personal contra Verhoeven, leyenda del kickboxing y campeón dominante en su disciplina, aunque en boxeo profesional apenas tenga una experiencia aislada y lejana en el tiempo. El foco no está en los púgiles, está en el organismo.
Usyk es un campeón indiscutible y un profesional que ha dignificado cada cinturón que ha conquistado. Pero el WBC no es (o no debería ser) una productora de eventos. Es un organismo regulador. Su función no es inflar carteleras exóticas, sino preservar el valor competitivo de su campeonato. Verhoeven no es contendiente mundial del peso pesado en boxeo profesional. No ha hecho méritos en la división, ni ahora ni nunca antes. No ha superado eliminatorias, no ha construido una posición reglamentaria que justifique disputar el cinturón verde y oro con su desempeño sobre la tarima. Permitirlo es enviar un mensaje devastador a los aspirantes que sí han recorrido ese camino. Uno más.
Porque este no es un hecho aislado para los de Mauricio Sulaimán, sino el Consejo arrastra una preocupante deriva en los últimos años. Permitió a Manny Pacquiao disputar un título mundial sin figurar en el ranking tras años de retirada efectiva. Indultó competitivamente a Ryan García tras un positivo por sustancias prohibidas, devolviéndolo a la órbita titular en el wélter sin haber ganado un combate relevante en la división ni ostentar un estatus previo que lo justificara. Son decisiones que erosionan la coherencia deportiva y el legado de un estamento que tuvo un enorme prestigio, dilapidado poco a poco por sus actuales gestores, y que ya fueron objeto de fuerte crítica por los casos enumerados, algo que no parece importar a nadie: este WBC actual prefiere el show y el dinero al boxeo con meritocracia.
«El cinturón WBC se está convirtiendo en simple bisutería»
Mientras tanto, boxeadores de primer nivel como Terence Crawford o Shakur Stevenson han mostrado públicamente su malestar con las políticas del organismo y sus elevadas tasas sancionadoras. Incluso otros con menos nombre, pero con recorrido futuro, como Keyshawn Davis no quieren saber nada de los de Sulaimán. El descontento no es aislado ni anecdótico: es estructural. Cuando los propios campeones cuestionan el funcionamiento del ente que los regula, algo no está funcionando.
Porque esa es la otra arista del asunto. La implicación del entorno de Turki Alalshikh y la tendencia a priorizar el impacto mediático por encima de la lógica deportiva están reconfigurando el tablero. Las grandes veladas en Riad han ofrecido combates excelentes, eso es innegable. Pero precisamente por eso desconcierta que ahora se utilice un título mundial legítimo como herramienta para un cruce que, en términos competitivos, no responde a la jerarquía del boxeo profesional.
Y aquí surge una comparación incómoda: incluso organismos muy criticados por su volatilidad, como la WBA, no han puesto su cinturón en juego en este evento. Es decir, entidades a menudo señaladas por su proliferación de títulos han optado en este caso por no vincular su campeonato a un combate que rompe la lógica clasificatoria. El WBC, en cambio, sí ha decidido hacerlo.
No se trata de estar en contra del espectáculo. El boxeo siempre ha convivido con lo extraordinario. Se trata de defender que un campeonato del mundo no puede convertirse en algo que se entrega al arbitrio de un estamento. Cuando un organismo sancionador sacrifica coherencia reglamentaria por visibilidad global (y, por supuesto, por las tasas que genera un evento de este calibre) erosiona su propia autoridad. ¿Con qué legitimidad va a criticar ahora Sulaimán a Dana White y Zuffa Boxing, también por cierto con financiación saudita, si son ellos mismos los caballos de Troya que erosionan la credibilidad del boxeo contemporáneo?
El peso pesado no necesita atajos teatrales. Necesita claridad, listas y eliminatorias bien gestionadas y aspirantes que lleguen por mérito deportivo. Si el WBC normaliza este tipo de excepciones, el precedente es peligroso: cualquier estrella externa podría aspirar a un cinturón sin haber transitado el sistema que se exige a los demás.
Las pirámides de Giza son eternas. La credibilidad de un organismo no lo es. Y el WBC haría bien en recordarlo antes de que su título más emblemático deje de ser un símbolo de supremacía para convertirse en simple bisutería de un espectáculo global.





