
Redacción ESPABOX
Los años ochenta alumbraron la coincidencia más brillante en el tiempo y categoría de boxeadores en la época reciente, especialmente rutilante porque los púgiles no evitaron enfrentarse entre ellos. La sociología de un país efervescente podía calibrarse preguntando a sus habitantes por su boxeador favorito. Sugar Ray Leonard era el niño mimado de la crítica, y con su gesto angelical copaba los anuncios. Su vida, no exenta de problemas, dio un giro con el oro olímpico que consiguió en Montreal en 1976. Al mismo tiempo, otro joven negro se encontraba todas las puertas cerradas en su persecución de la gloria.
Marvin Hagler nació el 23 de mayo de 1954 en un hospital de Newark (Nueva Jersey), hijo de una madre de dieciséis años, Ida Mae, y de un padre ausente. Newark era en los años cincuenta y sesenta una ciudad en descomposición, con fábricas cerradas, el éxodo masivo de los barrios según la clase económica, y una policía que no podía controlar los problemas de una población en la que dominaba el crimen.
La madre de Hagler trabaja limpiando casas y sirviendo en caterings, pero su faceta más difícil era criar a seis hijos de distintos padres. Era religiosa y estricta, y le inculcó a Marvin desde pequeño unas reglas que funcionaban como escudo, en las que le recalcó que no podía dejarse llevar por la calle y las drogas. «Mientras nos tengamos el uno al otro, podemos salir adelante», le decía. Y cuando Marvin llegaba a casa con la cara marcada después de una pelea, su madre bajaba a su altura, los gruesos cristales de sus gafas a centímetros de los moratones del adolescente, y le decía: «Marvin, si les dejas que te peguen una vez, lo harán siempre. No dejes que piensen que eres un cobarde».
La figura paterna en el caso de Hagler eran sus tíos, Brother y Buddy Monroe, que vivían calle arriba, y estaban en forma y le enseñaron desde niño a cuidar el cuerpo. Para sobrevivir en aquellas calles, el joven Hagler contaba con un nido de palomas en el tejado del edificio. Eran, decía, sus únicos amigos. «Era siempre el último. Me gustaba estar solo», recordó, sobre una afición que también cultivó Mike Tyson.
El verano de 1967 y la huida a Brockton
En julio de 1967, Newark ardió. Los disturbios raciales dejaron veintiséis muertos, cientos de heridos y miles de detenidos. Los problemas comenzaron cuando dos policías italianos sacaron a golpes de su taxi a un conductor negro llamado John William Smith y siguieron pegándole en el interior del cuartel. Marvin tenía trece años y pasó días tumbado en el suelo del apartamento de su madre mientras las balas rebotaban en las paredes. Una de ellas atravesó la ventana del salón cuando su tío Buddy no había apagado aún la vela a tiempo. «Era como el fin del mundo», recuerda su hermana Veronica.
Dos años después, en 1969, la violencia volvió a desatar el caos. La madre de Hagler tomó la decisión. Metió a Marvin y a sus hermanos en un autobús hacia Brockton (Massachusetts), una ciudad industrial al sur de Boston, donde se fabricaban zapatos y que había dado al mundo a Rocky Marciano.
Brockton era diferente, porque convivían blancos, italianos e irlandeses. Para un chico que en Newark solo había tratado con blancos detrás de un mostrador o con una placa de policía, aquello era un territorio extraño. «No sabía cómo aceptarles ni cómo confiar en ellos. Me causaban desconfianza», rememoró años después.
Los Petronelli y el gimnasio
En una fiesta del barrio, Marvin intentó bailar con la chica de Dornell Wigfall, un prometedor boxeador amateur de Brockton. Wigfall le esperó fuera con sesenta personas mirando y le golpeó sin piedad. Marvin acabó rodando bajo un coche para cubrirse. Veronica tuvo que sacarle de allí. Tenía la mandíbula magullada y un diente roto.
Días después, subió las escaleras del gimnasio de los hermanos Petronelli en la calle Centre. Las paredes estaban cubiertas de fotos en blanco y negro de Rocky Marciano. Goody Petronelli, veterano de la Marina y exboxeador amateur, lo vio sentado solo en un banco, mirando entrenar a los demás. Se acercó. «¿Quieres aprender a pelear?», le preguntó. «Para eso estoy aquí», respondió Marvin. Goody le puso unos guantes viejos y le hizo trabajar. Al día siguiente, Marvin volvió. Había pasado la noche delante del espejo de su cuarto practicando los movimientos que le habían enseñado. Goody lo vio y supo que aquel chico era diferente.
Guerino «Goody» Petronelli y su hermano Pasquale «Pat» Petronelli eran hijos de inmigrantes italianos de la región de los Abruzos, al igual que la familia de Rocky Marciano. Goody había servido diecinueve años en la Marina, donde participó en misiones en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial, y fue médico de emergencias en el USS Bon Homme Richard durante los ataques nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki. Pat era un apostador empedernido que amaba el hipódromo y las mesas de blackjack. Juntos habían planeado abrir un gimnasio con Rocky Marciano, que iba a ser su socio y su reclamo. Marciano murió en un accidente de avión en Iowa el 31 de agosto de 1969, la misma semana en que los Hagler llegaron a Brockton.
Goody empezó a entrenar a Marvin cada día. Le enseñó a boxear como zurdo (su mano dominante era la derecha, como Rafa Nadal). Le dio trabajo en su empresa de construcción durante el día, y por la tarde con el físico ya hecho en la obra, al gimnasio. Goody corría junto a él las diez millas (16 km) de entrenamiento diario. Su función no acababa ahí, y le daba masajes con linimento al terminar para reducir la inflamación, así como le diseñó una dieta estricta rica en proteínas y fruta. Era un adelantado a su tiempo. Goody y Pat le invitaban a comer y él insistía en pagar su parte porque no quería deberles nada. Hasta que un día comprendió que no se lo descontaban del sueldo.
«Goody y Pat me sorprendieron», dijo Marvin. «Salíamos a comer y decían ‘Guárdate el dinero. Esto lo pagamos nosotros.’ Yo pensaba que me lo descontarían del sueldo. Pero no lo hacían. Decían: ‘Cuando triunfes, nos lo devuelves», recordó Hagler.
Marvin colgó en su taquilla del gimnasio una foto suya en la que escribió «Futuro campeón del mundo». Cuando se lo dijo a Goody, el entrenador le respondió: «Pues si vas en serio, yo también».

El apodo y Bertha
El nombre «Marvelous Marvin» se lo puso un locutor de la Golden Gloves de Dartmouth, (Massachusetts) llamado Lenny «Low Price» Kaplan, que animaba los combates con apodos para los jóvenes boxeadores. Una noche, después de que Marvin noqueara a un rival en cincuenta segundos, Kaplan lo presentó como «Marvelous Marvin». El nombre de guerra quedó tan asociado que años después Marvin lo añadió oficialmente a su identidad.
Por aquellos años también conoció a Bertha Washington, una chica del barrio un año mayor que él que tenía dos hijos de un matrimonio anterior. Marvin se mudó con ella y se convirtió en el padre de facto de los niños, además de trabajar de día, entrenar de noche y ayudar económicamente a su madre y sus hermanos. Bertha aprendió boxeo y durante un tiempo fue la cronometradora en sus entrenamientos. «Te digo cuando bajas la mano izquierda», le decía desde el borde del ring.
Filadelfia: la universidad del boxeo
Después de acumular veinticinco victorias en Nueva Inglaterra, Sam Silverman, el promotor con una maleta llena de billetes en el maletero, convenció a Goody y Pat de viajar a Filadelfia. El promotor J. Russell Peltz controlaba el boxeo en el Spectrum y contaba en su equipo con peligrosos pesos medios como Boogaloo Watts, Willie Monroe, Cyclone Hart o Bennie Briscoe, cuatro hombres forjados en la calle, y que se habían curtido en el gimnasio de Joe Frazier.
Marvin llegó con veintidós años y un récord de 25-0. Peltz le recibió con desdén: «Los chicos de Boston no saben pelear». «Este sí», respondió Goody. En enero de 1976 ante Watts, Marvin dominó claramente durante diez asaltos, le abrió una brecha sobre el ojo al rival en el tercer round y se ganó el cariño del público local a medida que avanzaba la pelea. Cuando los jueces dieron la victoria a Watts por puntos, el Spectrum abucheó. Peltz admitió que había sido un robo. El Philadelphia Inquirer tituló al día siguiente: «Bienvenido a Filadelfia, Marvin Hagler».
Dos meses después, Hagler volvió a pelear ante Monroe en el Spectrum en un día desapacible, como los que retrató Stallone en Rocky. Unas calles que curtían solo con pisarlas como cantó Bruce Springsteen. Solo tres mil quinientos aficionados llegaron al pabellón. Monroe le dio la pelea más dura de su vida hasta entonces, y le lesionó la nariz en el primer asalto, casi le cerró los dos ojos y ganó por decisión unánime. Marvin llegó trastabillado al décimo asalto con la cara ensangrentada pero en pie. «Podría haber abandonado», dijo el entrenador de Monroe, George Benton. En septiembre de 1976 regresó por tercera vez a Filadelfia. Esta vez fue ante Cyclone Hart, un duro pegador al que Marvin noqueó en el noveno asalto. «Simplemente salí y le di una buena paliza», dijo después.
Al año siguiente se sacó la espina con una revancha frente a Monroe, a quien noqueó en el último asalto cuando iba ganando. Para reafirmar lo hecho, despachó en dos asaltos a Monroe en agosto de 1977. Después llegó Bennie Briscoe, un veterano que había disputado el título mundial, y Marvin ganó en el octavo. «La competencia aquí le hizo mejor», reconoció Peltz. «Había una diferencia total entre el Marvin de 1976 y el de 1977. Tenía más confianza. Era más preciso. Sus golpes eran más cortos. Tenía más poder», dijo el histórico empresario. Joe Frazier resumió a Marvin Hagler en una frase lo que todos en el Filadelfia sabían ya: «Tienes tres condenas en tu contra: eres negro, eres zurdo y eres bueno».

El no a Don King
Mientras Marvin se ganaba el derecho a boxear por el título a base de sangre en el Spectrum, Don King lanzó en 1977 el Campeonato de Boxeo de los Estados Unidos en la cadena ABC, que resultó ser uno de los mayores fraudes de la historia del deporte. Los participantes eran casi exclusivamente boxeadores de King, los rankings de la revista The Ring fueron manipulados y la prensa independiente constató que se habían engordado los récords. King había intentado previamente incorporar a Marvin a su equipo, pero el de Newark rechazó la oferta, al considerar que Goody y Pat tenían que seguir a su lado. Esa negativa le costó ser excluido del torneo televisado, aunque King incluyó a boxeadores a los que Marvin ya había derrotado. El escándalo terminó con la cancelación del torneo por parte de la ABC, e investigaciones del FBI y la IRS, así como la dimisión del comisario de boxeo del estado de Nueva York. Marvin convirtió en motivación lo ocurrido: «Me han ignorado. Soy demasiado bueno para mi propio bien».
A las puertas del título
Mientras Marvin seguía acumulando victorias, el italiano residente en Nueva York Vito «The Mosquito» Antuofermo había conquistado el título mundial del peso medio de la WBA y del WBC en 1979 al vencer a Hugo Corro. Cuando Marvin peleó contra él en Las Vegas en noviembre de 1979, la pelea fue dura como había previsto la crítica, y el veredicto fue el desfavorable e injusto empate para Hagler. Pero el camino hacia el título no pasaba ya solo por Estados Unidos. Antuofermo puso rumbo a Inglaterra en lugar de dar una revancha al ascendente boxeador de Newark.
Alan Minter y el caos en Londres
El italoamericano perdió en dos ocasiones con Alan Minter, quien no tuvo más remedio que enfrentarse al aspirante más temido en el peso medio. La pelea entre Minter y Hagler se cerró para el 27 de septiembre de 1980 en el Wembley Arena de Londres. Desde el primer momento, la tensión se disparó. Minter declaró ante la prensa que no iba a perder el título ante «ningún hombre de color».
El combate no tuvo historia. Marvin entró al ring y desde el primer asalto martilleó a un Minter que no pudo contrarrestar los ataques. A medida que los asaltos se acumulaban, el rostro del inglés se cubría de sangre. Primero fue una brecha sobre el ojo izquierdo, seguida de otra sobre el derecho. El árbitro estadounidense Carlos Berrocal detuvo el combate en el tercer asalto cuando Minter ya no podía continuar. Marvin Hagler se proclamaba campeón mundial del peso medio. Entonces se desató el caos. Desde las gradas, miles de aficionados ingleses, algunos de ellos simpatizantes del Frente Nacional, lanzaron botellas, vasos y otros objetos al ring. El nuevo campeón tuvo que irse al vestuario sin recibir el cinturón. 
El peso medio aguardaba a un monarca que llenase el vacío dejado por Carlos Monzón. Y ese era Hagler, al que todavía le aguardaba otro camino de sangre y sudor para ganarse el respeto en su propio país, y pasar a la historia. Pero esa ya es otra legendaria hazaña.





