
Redacción ESPABOX
La honda preocupación de Mauricio Sulaiman por el avance de Zuffa Boxing contrasta con el mínimo rigor con el que trata los títulos que él mismo entrega. Ya parece oficial que Oleksandr Usyk (23-0, 14 KO) defenderá su corona mundial WBC del peso pesado ante el kickboxer Rico Verhoeven, en un evento que tendrá como telón de fondo las Pirámides de Giza en Egipto. Sin embargo, más allá del escenario, la noticia ha despertado un profundo malestar en los sectores más puristas del pugilismo. El WBC ha respaldado el anuncio de una pelea entre su campeón de la categoría más popular y un rival que no compite en el noble arte desde hace doce años y solo hizo una pelea. Al contrario de lo que podrían pensar los clásicos, el Usyk vs. Verhoeven no será una exhibición, sino un combate oficial en el que se pondrá en juego el título del WBC, ya que el resto de organismo de los que el ucraniano es campeón (WBA e IBF) no se han pronunciado por el momento.
Rico Verhoeven es una leyenda del K-1, pero su currículum como boxeador es prácticamente inexistente. El neerlandés solo registra una pelea profesional, la cual realizó en 2014 ante un rival (Janos Finfera) que acumulaba un récord de 0 victorias y 5 derrotas. Incluso el planteamiento de un duelo en la élite de los deportes de combate genera dudas: Verhoeven nunca ha destacado por ser un pegador fulminante (posee un porcentaje de KO relativamente bajo para su peso). Ante un maestro de la técnica y la movilidad como Usyk, la competitividad deportiva del choque parece nula. Si bien Usyk se ha ganado, por palmarés y trayectoria, el derecho a percibir una bolsa astronómica, no todo debería valer cuando hay aspirantes legítimos como Agit Kabayel a la espera de una oportunidad que los organismos, una vez más, deciden postergar.
Este fórmula no es nueva, pero el WBC ha decidido olvidar esa historia del boxeo que tanto reivindica. El paralelismo más famosos es el de Muhammad Ali contra Antonio Inoki en 1976. Unos meses antes, Ali libró Thrilla in Manila ante Joe Frazier, y en el primer semestre de 1976 se enfrentó a Jean-Pierre Coopman, Jimmy Young y Richard Dunn. Tras recuperarse de las lesiones en las piernas sufridas ante Inoki, Ali puso la corona en juego ante, ni más ni menos, que su némesis deportiva: Ken Norton.
Asimismo, en la historia del peso pesado, los campeones no siempre ponían su corona en juego si el rival no daba la talla. Mitos como Jack Johnson realizaban a menudo combates sin el título en liza para mantenerse activos. Otros, como Jack Dempsey, respaldado por el promotor Tex Rickard, esquivaron rivales peligrosos como Harry Wills, en este caso, por la línea de color que se mantuvo hasta el reinado de Joe Louis.
El precedente más similar al de Verhoeven es el de Pete Rademacher, quien en 1957 debutó como profesional directamente para disputar el título mundial ante Floyd Patterson tras haber sido campeón olímpico. Rademacher llegó a derribar al campeón, pero acabó sucumbiendo por KO en el sexto. La pelea de 2014 de Rico le priva incluso de igualar la «gesta» de Rademacher. El precedente de éxito más cercano se encuentra en Leon Spinks, quien en su octava pelea profesional arrebató el título al propio Muhammad Ali, no obstante, Spinks era oro olímpico y ya había realizado siete combates profesionales.
España aparece en los precedentes a los que debe agarrarse Verhoeven en busca de lo imposible. Saensak Muangsurin es el púgil que menos combates necesitó para proclamarse campeón mundial de boxeo. El tailandés arrebató la corona mundial WBC del peso superligero al maño Perico Fernández en el combate recordado por la afición española por la justificación de aragonés, que culpó a «la puta calor» de su derrota. Vasyl Lomachenko tuvo que conformarse con igualar el registro de Muangsurin, ya en la era de los cuatro cinturones. El ucraniano no pudo con Orlando Salido en su segunda pelea, y tuvo que esperar a la tercera para ganar su primer título como profesional, después de ser uno de los mejores amateurs de la historia.





