El boxeo vuelve a quedar retratado en el último anuario de la Agencia Mundial Antidopaje (WADA). Según los recién publicados datos correspondientes a 2023, el boxeo fue el octavo deporte del mundo con más positivos por dopaje, concentrando el 5,5 % del total de casos detectados, una cifra muy elevada si se analiza en proporción al reducido número de boxeadores de élite sometidos a controles. En el ranking global, el boxeo aparece por detrás del atletismo, la halterofilia, el ciclismo, el culturismo o el fútbol, deportes con estructuras antidopaje mucho más desarrolladas, pero por delante del baloncesto, que cuenta con una base de deportistas profesionales y un sistema de controles superior. En el cómputo global de todos los deportes, España registró 31 positivos entre todas las disciplinas en 2023, según el mismo informe de la WADA.

La cifra del boxeo podría ser incluso mayor. A diferencia de otros deportes, no existe un sistema antidopaje unificado. En el boxeo profesional operan múltiples agencias antidopaje, lo que provoca que muchos casos no queden reflejados en una misma estadística oficial.

Además, los controles en el boxeo no siguen un patrón fijo. El esfuerzo de los organismos es insuficiente y apenas existen controles fuera de competición, una circunstancia especialmente grave en un deporte donde el uso de sustancias se planifica durante los campamentos de preparación.

El dato también se ve elevado por el campo olímpico, donde los controles son más frecuentes y estrictos. Una parte importante de los positivos procede del boxeo amateur y de competiciones vinculadas al entorno olímpico, lo que incrementa el porcentaje global del deporte en las estadísticas de la WADA.

Hay muchos menos boxeadores profesionales de élite sometidos a controles que futbolistas o ciclistas, pero el número de positivos es mayor.  A diferencia de otros deportes, el dopaje en el boxeo no solo altera la competición, sino que incrementa de forma directa el riesgo de lesiones para el oponente. Un boxeador con mayor resistencia, fuerza o capacidad de recuperación puede provocar daños irreversibles en el ring.

Dentro de este caos, el WBC es el organismo que presume de contar con el programa antidopaje más riguroso, el denominado Clean Boxing Program. Sin embargo, su alcance real es muy limitado. Solo un pequeño número de boxeadores pasa más de un control al año, lo que deja el sistema muy lejos de ser eficaz. Como expuso recientemente Terence Crawford, el WBC ingresa importantes cantidades a través de las tasas que pagan los boxeadores sobre sus bolsas para financiar medidas como estas, aunque no existe transparencia sobre cuánto dinero se destina realmente a controles antidopaje. Además, el organismo ha quedado seriamente cuestionado por exculpar a boxeadores que dieron positivo, como Conor Benn, cuyo caso se justificó de forma polémica atribuyéndolo al consumo de huevos, dañando gravemente la credibilidad del programa.

En los últimos tiempos, los casos se han ido sucediendo. Nombres como Ryan Garcia, positivo por ostarina; Luis Ortiz, sancionado en su día por nandrolona; o Jarrell Miller, reincidente por diversas sustancias prohibidas, reflejan una tendencia preocupante. Cada vez es más habitual el uso de sustancias destinadas a postergar el cansancio durante los asaltos, así como productos para perder peso rápidamente mientras se incrementa la masa muscular, una combinación especialmente peligrosa en un deporte de contacto.