
Jon Otermin
Tan solo llevaba un día en sexto grado cuando aquel grupo de chicos comenzó a acosarle. Larguirucho, delgado y tímido, era una víctima ideal para cualquier abusón. En su cabeza resonaban las palabras de su padre, prohibiéndole meterse en líos. Él, en cambio, apenas hablaba, ya que por entonces no conocía mayor placer que pasar desapercibido. El temor a la reprimenda fue demasiado grande, de modo que apretó los puños y se marchó a casa entre lágrimas, respirando con dificultad.
Una vez allí, sollozando, relató a su progenitor lo ocurrido. Gary, una mole de casi dos metros de altura, agarró del brazo a su hijo y caminaron hasta dar con los pequeños diablos. “Si alguna vez huyes de alguien y corres a casa, tendrás que huir de mí. Será mejor que no vuelvas a escapar de nadie”, diría más tarde, completamente avergonzado por el comportamiento de su hijo mayor. El crío, incrédulo, callaría ante las severas palabras de aquel a quien más respetaba, aquel que lo había sacrificado todo por dar un techo a su familia. Si el pánico lo paralizaba ante la vida, ignoraba por completo que en el futuro haría de él su más preciado aliado.
Ese zagal de apenas once años de edad vino al mundo un 22 de octubre de 1985, bajo el nombre de Deontay Leshun Wilder. Nació y se crió en el marginado West End de Tuscaloosa, ciudad ubicada en el estado de Alabama. Abandonados por su madre cuando tenía nueve años, Deontay se crió junto a sus tres hermanos y su padre en una austera casa. Gary, padre y madre de las cuatro criaturas, se vio obligado a ofrendar su vida al completo por la subsistencia de sus vástagos, a los que, pese a la dureza de sus enseñanzas, más amaba en el mundo.
Su modesto jornal como operador de maquinaria pesada no daba para grandes lujos, al tiempo que cocinaba, vestía y limpiaba el hogar antes de llevarlos a la escuela. Aquel fue uno de los particulares infiernos durante la infancia de Deontay, quien padeció burlas constantes por utilizar deportivas del Walmart y prendas de segunda o tercera mano. La economía familiar daba para lo que daba y su sueño siempre fue volar del nido, a la parte prístina de la ciudad. Se imaginaba formado parte del Crimson Tide de la Universidad de Alabama.
Por fortuna para él, su padre le brindó un regaló que brotó con el paso de los cumpleaños: una genética cuasidivina, idónea para dominar la disciplina deportiva que se le antojase. Y no tardó en destacar cuando pasó a secundaria, en el Shelton Community College, donde sus atributos físicos lo distinguían del resto de alumnos. Su capacidad atlética le hacía parecer un adulto jugando con niños; talludo y explosivo, llamaba la atención tanto en fútbol americano como en atletismo, si bien su mayor pasión era el baloncesto.
Allí, junto al Alabama Stage and Screen Hall of Fame, plaza en la que se honró a leyendas locales como Nat King Cole, Jim Nabors o Truman Capote, el joven Deontay fantaseaba con un opulento porvenir en la NFL o la NBA. Y quién sabe lo que hubiera logrado si la vida no le hubiera puesto a prueba a una edad demasiado temprana. Como acostumbran las estrellas de instituto, era todo un ídolo dentro de esos muros, con admiradoras en cada taquilla. Sin embargo, no tardaría en sufrir en sus propias carnes la dureza de la existencia, caprichosa incluso en su génesis más puro. Las mayores cotas poblaban sus pensamientos cuando planificaba un idílico camino universitario. Entonces recibió la noticia que cambiaría el hado de su travesía.
«Había algo en sus puños, una inusitada fuerza atómica»
Naieya
Disfrutaba de un enamoramiento idílico junto a Jessica, su novia de la época, cuando a ambos se les anunció que ella estaba encinta de una niña. La buena nueva se vio inmediatamente empañada cuando el doctor les habló del estado de salud de la pequeña: espina bífida, una afección que ocurre cuando la columna vertebral y la médula espinal no se forman adecuadamente durante el embarazo. El milagro de la vida en su forma más cruel. Todo lo que había construido en su imaginario hasta ese momento se vino abajo. Ni universidad, que sus notas académicas tampoco acompañaban, ni mucho menos pensar en ganarse la vida como deportista profesional tras pasar por el college. La desgraciada suerte de Naieya llevó a Deontay a dejar su proyecto de vida para lanzarse al mundo laboral, en aras de sufragar las costosas facturas del tratamiento del que a partir de entonces fue su mayor tesoro.
Solo tenía 19 años y ni siquiera él mismo se veía preparado para lo que tenía ante sí. Compaginó hasta tres trabajos a la vez, en los restaurantes IHOP y Red Lobster y como repartidor con un camión de cerveza de la marca Budweiser. No le supuso nada nuevo, puesto que en sus años mozos también cortó pasto y se dedicó a lavar y arreglar coches. En casa habían aprendido a no depender de nadie y asumir el trabajo duro como algo inherente a la población afroamericana.
No obstante, la presión fue en aumento y su situación económica no dejó de complicarse, hasta el punto de sentirse tan incapaz y abatido que le abordaron pensamientos suicidas mientras se sumía en un foso de frustración y oscuridad, tal y como confesó. “Las cosas se pusieron muy difíciles para mí. Perdí a mi familia y tenía un arma en mi regazo. No piensas en cuánto afectará a tus seres queridos, solo estás pensando en ti mismo», sentenció ante los micros de BT Sport. En esa tesitura apareció una salida tan peregrina como insospechada; una opción que, por sorprendente que parezca ahora, nunca estuvo sobre la mesa hasta el instante de máxima necesidad.
Acostumbraba a citarse con un colega del instituto para filosofar sobre los entresijos del día a día cuando en una de esas eternas conversaciones afloró la palabra “boxeo”. Según sabía el pugilismo brindaba la posibilidad de ganar dinero al instante si se era lo suficientemente duro como para zurrarse entre las cuerdas. Pero Deontay, más allá de ser un prodigio físico sin parangón en todo el estado, jamás se había enfundado unos guantes. Probaría suerte en algún gimnasio de la zona, que unas perras adicionales nunca estarían de más.
Pero Alabama no era tierra de boxeadores. Cuna de grandes conglomerados universitarios, allí el fútbol americano es el deporte rey. Un niño de Tuscaloosa, especialmente si viene del West End, aspiraría a estar algún día a las órdenes de Nick Saban. Wilder, truncados sus anhelos, terminó eligiendo el boxeo por necesidad, sin un horizonte mayor que ganar dinero para el día siguiente. “A lo largo de muchos años trabajé para otras personas, no porque yo quisiera, sino porque tenía que hacerlo. No tuve elección. Todo comenzó con el amor de un padre por su hija”, se sinceraba.
La única salida
Solo había un gimnasio por aquellos lares, fuera de la ciudad y cerca del río Black Warrior que también da nombre a la urbe original colonizada tiempo atrás. El Skyy Boxing Gym, propiedad de un tal Jay Deas, antiguo reportero de delitos que terminó por dedicarse al boxeo a jornada completa, sería el lugar más frecuentado por Deontay en los próximos meses. Deas, junto a su hermano Tommy, organizaba veladas en la zona desde hacía una década y siempre estaba presto a probar savia nueva. En esas entró por la puerta un afilado muchacho que superaba los dos metros con una bolsa de deporte en la mano. “20 años, tardía edad si quieres hacerte un nombre en el campo amateur”, pensó cuando el chico, inocente, le confesó sus metas. Su atlética apariencia no intimidó al entrenador, que estaba acostumbrado a ver cómo grandes deportistas se venían abajo cuando saboreaban la inclemencia de la dulce ciencia.
Con todo, la determinación de su nuevo pupilo parecía diamantina, inquebrantable por dura que fuese la sesión. Wilder se mantuvo diligente a pesar de sus tres trabajos e incluso aprovechaba sus turnos de repartidor como preparación física. De vez en cuando, Deas permanecía en las sombras, invisible a los ojos de un Deontay totalmente entregado. Apenas tres semanas después llegaría su primera piedra de toque: un sparring contra un profesional. Torpe y con una técnica que suscitaba algunas risas entre los presentes, conectó una mano derecha que mandó al piso a su rival. “Quédate con él”, escuchó Deas. Había algo en sus puños, una inusitada fuerza atómica. Apenas necesitaba marcar bien los tiempos para derribar a cualquiera que se emparejara con él. Ahí arrancó su camino, todo tipo de combates, brillantes y caóticos, pero con un progreso innegable en el pipiolo. Llegada la hora de trazar un plan, Deas comenzó a mover hilos para medir su nivel real. Un entrenador ofreció a su mejor púgil, con un bagaje de más de cincuenta combates. “Vuestro chaval apenas tiene diez peleas, podría salir mal parado”, afirmó, soberbio. Deontay lo destruyó en el primer asalto.
Un ascenso incontenible le llevó a ganar los Guantes de Oro Nacionales y el Campeonato de Estados Unidos Amateur en la categoría de peso pesado, con 20 primaveras y los Juegos de Pekín en la lejanía. Esos inesperados triunfos ante contrincantes más experimentados le permitieron ingresar en el equipo olímpico con tan solo 21 combates en su currículum. Todo un logro para alguien que todavía era profano en la materia. En China se impuso en sus dos primeras peleas contra Abdelaziz Toulbini y Mohamed Arjaoui para caer en semifinales ante el transalpino Clemente Russo y agenciarse la presea de bronce. En Estados Unidos, huérfanos de grandes referentes en la categoría reina desde hacía muchos años, se frotaban las manos con el que ya era su siguiente gran proyecto.
Tres meses después de la medalla Wilder saltó al profesionalismo de la única forma que parecía conocer. Nadie era capaz de aguantar sus golpes, especialmente los de su diestra, la potencia de la que nunca supo hasta pisar aquel alejado gimnasio junto al aeropuerto de la ciudad que lo vio nacer. En el trayecto, una promesa a su hija, además del cambio que supuso en su vida volverse un personaje público. Ya nunca tendría que preocuparse por no poder pagar el tratamiento de Naieya, a quien aseguró que algún día sería campeón de los pesos pesados, antaño el deportista más importante del globo terráqueo.
Cinco años, treinta combates y otras tantas victorias por KO. Ningún pleito se alargó más allá del cuarto asalto. Su triunfo frente a Mali Scott en Puerto Rico convirtió a Deontay en el retador obligatorio del actual poseedor del cinturón del WBC, Bermane Stiverne. Arribó a la cita más importante de su meteórica carrera dejando tras de sí un halo de terror, consustancial al pegador en el que se había transformado. Como Mike Tyson en sus grandes noches, quien estuviera enfrente temblaba ante unas manos ungidas con el obsequio más valioso: un poder de magnitudes nucleares, capaz de dinamitar cualquier contienda.
Durante la racha se le bautizó como el Bombardero de Bronce, en homenaje a Joe Louis y la medalla olímpica del propio Deontay. Stiverne fue el primero en sobrevivir a los doce asaltos, aunque Wilder dominó el combate y se adjudicó el cinturón del Consejo. Era el primer campeón pesado de Estados Unidos desde Shannon Briggs en 2007 y, lo más importante, Naieya sonreía por ver la promesa cumplida. Como un capricho del destino, su victoria llegó el día del penúltimo cumpleaños de Muhammad Ali, uno de sus grandes referentes.
«Ver cómo su pequeña luchaba día a día le infundió de un valor y una tenacidad lo bastante grandes como para dominar un deporte tan complejo como el boxeo»
Hijo de Alabama
A raíz del hito rubricado, el boxeo irrumpió en Tuscaloosa de una manera ignota en mucho tiempo. Wilder, sin mayor pretensión que ganarse la vida, había mutado en un tótem del West End. Allá por 1940, la comunidad negra solía reunirse alrededor de la radio para escuchar los combates del legendario Joe Louis. Casi un siglo después, la tradición retornó cuando el hijo pródigo se subía al ring para sembrar el espanto en la esquina contraria.
Por más de una década fue el boxeador más peligroso y temido del mundo. No importaba si las tarjetas de los jueces estaban en su contra, era capaz de tumbar a su rival con un solo segundo de lucidez. Aniquiló a Stiverne en la revancha, así como a Artur Szpilka, Chris Arreola, Dominic Breazeale o Luis Ortiz, entre otros. Su escalada prosiguió hasta dar con la horma de su zapato, personificada en Tyson Fury. El gigante inglés, de mayor talento y oficio, dominó la histórica trilogía que protagonizaron ambos. Wilder derribó al Rey Gitano hasta en cuatro ocasiones, pero no se llevó ningún triunfo. Allí encalló algo de su esencia, como si el espíritu de Fury se hubiese apropiado de su alma. El varapalo mental se tradujo en una inactividad que amagó con convertirse en retiro. Regresó para acabar con el nórdico Robert Helenius en pocos segundos, pero las derrotas ante Joseph Parker y Zhang Zhilei demostraron que su mejor tiempo no volvería.
No tenía importancia, ya había cumplido su cometido. Deontay, cercano a la cuarentena, irradia felicidad cuando observa a su hija junto a sus otros cinco retoños. Ella fue la razón por la que entró en un mundo al que no estaba predestinado. Ver cómo su pequeña luchaba día a día le infundió de un valor y una tenacidad lo bastante grandes como para dominar un deporte tan complejo como el boxeo. Aun así, el pavor que infundió durante años en las veladas contrastó con sus acciones lejos del cuadrilátero. Siempre fue consciente de su altavoz y estuvo preocupado por los problemas sociales. En 2011, después de que un tornado golpease con dureza Tuscaloosa y Birmingham, Wilder fue uno más en las labores de reparación y ayuda para los afectados. Donó dinero a diversas organizaciones y estuvo en primera línea repartiendo comida a las familias. Su intimidante porte escondía en realidad las mismas inquietudes que afligían a sus vecinos; la sangre, los golpes y el sacrificio tan solo fueron el precio a pagar por seguir disfrutando de su más preciado lucero: Naieya.
Ese huidizo niño del West End, que un día abrazó el miedo como coraza para metamorfosear en su más terrible embajador, ya nunca más lo necesitaría.






