Redacción ESPABOX

Con España volcada rumbo a su segunda final en un Mundial de fútbol, José Adolfo Legrá Utria falleció en Madrid el pasado martes, unos minutos después de la victoria de la selección ante Francia. Desde las habituales alegrías deportivas actuales, «El Puma de Baracoa» fue uno de los escasos orgullos del deporte español a finales de los sesenta. Otro punto de contraste con la actualidad reside en que Legrá fue acogido con enorme cariño por los españoles, en un tiempo en el que los negros estaban limitados a los angelitos de su paisano Antonio Machín. Una integración, palabra que por entonces no existía, sin polémicas ni espectáculos. El que fuese dos veces campeón del mundo del peso pluma, y siete veces rey de Europa, tenía también la admiración de la crítica pugilística internacional, que valoró su descollante estilo. Muhammad Ali recordaba a José Legrá y viceversa, antes de que Alcides Sagarra mezclase la vistosidad caribeña con la escuela soviética.

Un ranchito frente al mar
Legrá nació en Baracoa, en el oriente cubano, un 19 de marzo, según contaba, aunque no figura así en su DNI, en noche calurosa, razón por la que sus padres le pusieron José. Como otros mitos del noble arte, Legrá se ha ido sin que nadie sepa con certeza en qué año nació. En su licencia figuraba el 1943, después de rejuvenecer administrativamente antes de saltar a la fama, pero su DNI marcaba 1937 (donde tampoco se correspondía el día, que registraba el 28 de mayo). Fue el segundo de siete hermanos —el benjamín, Armando «Cody», llegaría en 1960— de un matrimonio humilde: su padre, Emelio, descargaba fardos en los muelles; su madre, a quien siempre llamó «mamá Sole», lavaba ropa ajena en el río para las familias acomodadas del pueblo. «A los seis años me impuse la obligación de ayudar a los míos», escribiría después, recordando cómo acompañaba a su madre hasta la orilla cargando la cesta. Otro de sus trabajos para tratar de prosperar fue el de la venta de cacahuetes, el popular maní que cantaba Machín. Movido por el ejemplo de Joe Frazier años más tarde, el ritmo cubano corrió por las venas de Legrá, que fantaseó con probar suerte en la música.

Fue un niño travieso, mal alumno y peor estudiante —abandonó pronto la escuela para trabajar de limpiabotas, repartidor de leche y vendedor de periódicos—, pero encontró en los combates callejeros de «La Playita», frente al mar de Baracoa, su verdadera vocación. Allí, decía, «nací al boxeo», al aprender a esquivar los golpes que le llegaban de todos lados, incluidos los del propio público.

Debutó siendo casi un niño ante un boxeador local, Vicente Núñez, ante el que perdió; más tarde supo que aquel rival había representado a Cuba en cuatro ocasiones a nivel internacional. La derrota, lejos de hundirle, le enseñó que no bastaba con ser bueno: había que ser el mejor. A los dieciséis años, tras un desengaño amoroso con una muchacha de familia acomodada de su pueblo —que le llamaba despectivamente «el limpiabotas»—, hizo autostop y dejó Baracoa para instalarse en La Habana.

La Habana, el debut y la Revolución
En la capital cubana, un aficionado llamado Federico Delgado le acogió en su casa y le abrió las puertas del gimnasio Ruta 4, donde entrenaban futuras glorias como «Mantequilla» Nápoles o Luis Manuel Rodríguez, todos bajo la disciplina de Luis Sarriá, el hombre que años después entrenó a Muhammad Ali. Debutó como profesional en 1959 ante Pedro Piñera y cobró cuarenta y ocho pesos por su primera victoria, una fortuna para quien había pasado hambre. Poco después conoció a Ofelia, con quien mantuvo una relación de cinco años que marcó su etapa habanera.

Cuando Fidel Castro abolió el boxeo profesional en la isla —dos semanas antes de que Legrá pudiera disputar el título nacional de Cuba—, el de Baracoa vio truncado su sueño de coronarse campeón en su propia tierra. Las autoridades, sin embargo, le concedieron un permiso de salida para que continuara su carrera en el extranjero. Dejó atrás a su familia, a Ofelia y una Habana que la Revolución estaba transformando, sin saber que no volvería: llegó a Madrid a finales de 1963, con lo puesto, después de pasar por México, y con el peso de la nostalgia. «El recuerdo de mi familia… tiraban mucho de mí», confesaría; llegó a esconderse para llorar por lo que había dejado atrás.

Miami y la amistad con Muhammad Ali
En 1961, Legrá pasó una temporada en Miami, donde frecuentó el gimnasio de los hermanos Dundee junto a otros cubanos como Ángel Robinson García y Luis Manuel Rodríguez. Allí conoció al entonces Cassius Clay, que buscaba abrirse en el profesionalismo después de colgarse el oro en Roma. Con Ali protagonizó un incidente que dio paso a una amistad: Ali le sacó en volandas de la ducha en broma y Legrá, encolerizado, le lanzó una botella de linimento que le golpeó en el pecho; solo la intervención de varios compañeros evitó una pelea entre los dos futuros campeones del mundo. «Después de aquello, nos hicimos amigos», resumió Legrá. Once años después, período en el que ganó el título de los pesados y se enfrentó al gobierno de Estados Unidos por su negativa a ser reclutado para la Guerra de Vietnam, Muhammad Ali visitó Barcelona para una exhibición ante Goyo Peralta. Legrá, desconocedor de que el cambio de nombre tenía motivación religiosa, se despidió de él con un «que tengas mucho éxito, Cassius», lo que provocó un violento enfado de Ali, que le retiró la mano y se marchó indignado. Fueron Angelo Dundee y Luis Sarriá quienes le explicaron después que al de Louisville le irritaba que le llamasen por su viejo nombre. El de Baracoa recibió el apodo de «El Cassius Clay de bolsillo», por la semejanza de su estilo, y el bailoteo de sus botas blancas, color que le aconsejó otro mito cubano como Kid Gavilán.

Tunero, «más que entrenador, un padre»
En Madrid le esperaba su compatriota Evelio Mustelier, célebre incluso para Ernest Hemingway como Kid Tunero, dedicado a preparar púgiles en Europa desde años antes de que la revolución cubana estallara. Legrá siempre insistió en aclarar que Tunero no había salido de Cuba por los mismos motivos que él, sino mucho antes, y que su honestidad —rara en el mundo del boxeo, según el propio Legrá— le había costado no llegar más alto como mánager. «Tunero ha sido para mí un verdadero padre», escribió, y fue él quien sostuvo emocionalmente al joven cubano durante los primeros meses de nostalgia en España, y quien dirigió técnicamente toda su carrera europea, desde los primeros combates de relleno hasta las noches de título mundial.

El título de Europa y la sombra de Winstone
Tras encadenar victorias en España con solvencia, la Unión Europea de Boxeo (EBU), presidida entonces por el doctor Vicente Gil —médico personal de Franco—, lo nombró aspirante oficial al título europeo del pluma. Antes de esa oportunidad, sin embargo, viajó a Gran Bretaña para medirse con el galés Howard Winstone, entonces campeón de Europa. Legrá realizó, en sus propias palabras, una de las mejores peleas de su vida, pero los jueces le dieron perdedor a los puntos, en un veredicto que el propio público inglés recibió con abucheos. Esa derrota injusta, lejos de hundirle, se convirtió en la rampa de lanzamiento hacia la corona mundial que conquistaría más tarde ante el mismo rival.

El título europeo llegó por fin el 22 de diciembre de 1967 en el Palacio de los Deportes de Madrid, frente al francés Yves Demarest, al que derribó y venció por la vía rápida en el segundo asalto. Tunero le hizo una advertencia que Legrá nunca olvidó: «Ahora, precisamente ahora, es cuando debes cuidarte. Estás a sólo un paso del título mundial».

Vicente Gil, las audiencias con Franco y la promesa cumplida
Fue el propio Vicente Gil quien, tras la conquista del título europeo, llevó a Legrá y a Tunero al Palacio de El Pardo para ser recibidos por Francisco Franco, la primera de las cuatro audiencias que el boxeador mantendría con el Jefe del Estado a lo largo de los años. En aquel primer encuentro, Franco le felicitó por el triunfo continental y Legrá le devolvió el cumplido con una promesa solemne: conseguir el título del mundo. Meses después, ya como campeón mundial, regresó a El Pardo a cumplir su palabra: «Excelencia, hace cinco meses prometí en este salón conseguir el título mundial. He cumplido mi palabra», dijo, poniendo el logro «en vuestras manos». Franco respondió, según recogió el propio Legrá, que siempre había admirado a los hombres de palabra.

Cuando más tarde perdió esa misma corona, fue de nuevo Vicente Gil quien organizó una nueva visita de consuelo al Pardo. Franco, al recibirle, le dijo que el título se lo habían «arrebatado», y Legrá respondió con otra promesa que también cumpliría: volver a ser campeón del mundo. Cuando lo logró por segunda vez, frente a Clemente Sánchez en México, recibió en plena noche del combate una llamada telefónica en la que le transmitían suerte de parte de Franco. De vuelta a España entregó personalmente el cinturón a Franco, que se lo devolvió asegurando que aquel triunfo pertenecía únicamente a sus manos. Tras fallecer Franco, Legrá mantuvo sus elogios, y no tuvo problemas en asumir la etiqueta de «boxeador del Régimen». «Franco me hizo grandes favores, como acelerar mi nacionalización española (necesaria para disputar el título europeo) y hacer que mi madre pudiese venir a pasar una temporada en España. Por eso guardo del Generalísimo un grato recuerdo. Un Oldsmobile de importación, me lo regaló Franco al conquistar el Campeonato del Mundo», dijo Legrá. «El Puma de Baracoa» también fue amigo de Fidel Castro: «En cierta ocasión Fidel Castro me dijo en La Habana: `Hay dos gallegos en el mundo que te queremos, uno es Franco y otro soy yo´».

Campeón del mundo, por fin
La revancha con Winstone llegó el 24 de julio de 1968, en Porthcawl, en los dominios del galés, en un ambiente hostil que Legrá recordó como una pelea contra toda una ciudad. Impuso el ritmo desde el primer segundo pese a que las apuestas locales le daban ampliamente perdedor, y en el quinto asalto el árbitro detuvo el combate para evitar un castigo mayor a Winstone. Junto a Matías Prats entonó el «La, la, la» de Massiel en el Royal Albert Hall de Londres para disfrute de todos los espectadores que seguían la retransmisión de TVE. Fernando Vadillo recogió en AS la triunfal escena: «El nuevo campeón mundial de los plumas, el mozo de Baracoa, el antiguo limpiabotas de La Habana, el boxeador nacionalizado español, quiso, por último, dejar constancia pública de su gratitud al país que le había dado la ocasión de triunfar. Gritó:—¡Arriba España! Volvió a gritar: —¡Arriba España! Y luego se le llevaron en volandas. Hoy, a estas horas de la noche, Porthcawl llora en silencio la caída de su ídolo. Es la cara y cruz de la medalla del boxeo». España entera celebró el título, Legrá bajó la escalerilla del avión en Barajas disfrazado con capa y corona para los fotógrafos. El aeropuerto madrileño fue la pasarela habitual del púgil, que celebró sus victorias con trajes variopintos, como uno de charro, de bobby inglés, o una falda escocesa. Pero la euforia duró poco: pese al título mundial, los promotores españoles siguieron sin incluirle en sus veladas por no querer pagar lo que exigía un campeón, obligándole —como toda su carrera— a defender la corona casi siempre fuera de casa.

Acabó aquel primer reinado a los puntos frente al franco-australiano Johnny Famechon en enero de 1969, en Londres, en un decisión que consideró un robo manifiesto. Famechon visitó la lona en cinco ocasiones y aun así se llevó la decisión. Legrá volvió a España «con la vergüenza de regresar vencido otra vez fuera del cuadrilátero». Creyente y supersticioso, Legrá no abandonó su dieta a base de filetes y zumos de naranja. Reconstruyó su carrera recuperando primero el título europeo ante el italiano Tomasso Galli, gracias al desembolso del gran actor Tony Leblanc, y persiguió durante años una nueva oportunidad mundial que los promotores ingleses y españoles retrasaron por intereses económicos. Su segunda etapa como campeón del Viejo Continente no fue suficientemente valorada, con tres victorias como visitante en el Reino Unido, donde se impuso a Jimmy Revie, Evan Armstrong y Tommy Glencross. Entre medias, dolorosas derrotas como ante Vicente Saldívar en Inglewood (Estados Unidos) o menos esperadas (frente al tunecino Tahar Ben Hassen y el nigeriano Jonathan Dele) por falta de preparación, que le costaron duras críticas por parte de los medios españoles. Cuando José Legrá se tomaba un serio los entrenamientos declaraba a la prensa que estaba «trabajando como un negro».

El segundo mundial y la encerrona de Brasil
La segunda corona llegó el 16 de diciembre de 1972 en Monterrey (México) al noquear en el décimo asalto al mexicano Clemente Sánchez —que además se había excedido en el pesaje—, en un combate organizado por el promotor Enrique Ceseña bajo un contrato que Legrá calificó de humillante, pues cedía al organizador todos los derechos de cine, radio y televisión.

La primera defensa de ese segundo reinado fue ante el brasileño Eder Jofre en Brasilia, y se convirtió en el episodio que más resentimiento dejó en el boxeador. Ceseña había vendido los derechos del combate al propio mánager de Jofre, Abraham Katznelson, y Legrá consideró que fue saboteado por diversos motivos, como un alojamiento donde pasó un calor asfixiante junto a una imprenta que no paraba de hacer ruido de noche, así como la negativa a mostrarle el lugar de entrenamiento de su rival y hasta una encerrona de cuatro matones que le abordaron cuando salió a correr para advertirle que se le «iban a quitar las ganas de pelear con Jofre». La noche del combate, ni siquiera el propio presidente brasileño, Emílio Garrastazu Médici, presente en la primera fila, vio ganar a Jofre, pero los jueces sí. Legrá perdió así, por decisión mayoritaria, su segunda corona mundial en la que consideró la derrota más injusta de su carrera.

El adiós en Managua
El final de su trayectoria deportiva llegó el 24 de octubre de 1973 en Managua (Nicaragua) frente a Alexis Argüello, quien iniciaba una carrera que lo convirtió en uno de los mejores boxeadores hispanos de la historia. Legrá aceptó el combate más por el gusto de viajar por Sudamérica que por ambición deportiva, y apenas entrenó. Cayó a la lona por un derechazo de Argüello y, mientras el árbitro contaba, decidió, en el suelo, que aquel sería su último combate: «Se terminó. El combate y el boxeo… He decidido poner punto final a esto», escribiría. Se retiraba a los 30 años (según su licencia), 36 reales, y con la sensación de haber perdido la ilusión mucho antes de visitar la lona.

Reflexiones de un hombre sonriente
Legrá abandonó el boxeo con dos títulos mundiales, siete coronas europeas y la fama de haber sido, según sus propias palabras, mercancía de los promotores. Escribió su autobiografía, «Golpe Bajo» —de la que proceden algunos de los testimonios de este obituario— movido, decía, por la rabia y la sinceridad, y no por rencor hacia un boxeo al que, pese a todo, se declaró agradecido: «Jamás renegaré del boxeo», sostuvo, al recordar que a esa sacrificada profesión le debía haber conocido el mundo, haber sido recibido por jefes de Estado y haber salido, con dignidad, de la pobreza de un ranchito frente al mar de Baracoa. Su pasión por el cine le hizo dar el salto a la gran pantalla. Menos suerte tuvo en algunos de sus negocios, pero en la televisión encontró su lugar, dado el cariño que le mantuvieron los españoles. Descanse en paz.