Jorge Lera
@jorgelerabox

El 6 de abril de 1987, Marvin Hagler disputó el último combate de su carrera. Perdió su título WBC del peso medio ante Sugar Ray Leonard en decisión polémica por puntos. Se cumplen 30 años.

Marvin Marvelous Hagler es, sin duda, uno de los mejores pesos medios de la historia, campeón unificado de la categoría durante siete años con doce defensas exitosas. Junto a Thomas Hearns, Roberto Durán y Ray Leonard, ocupó y llenó de gloria el abismal hueco que había dejado en el mundo del boxeo la retirada de Muhammad Ali. Hagler, que acabó su carrera con un impresionante récord de 62-3-2 con 52 nocauts, además, representa los valores del guerrero espartano, del púgil que llega a lo más alto tras el más cruel proceso de selección natural, del que conquista cada peldaño a pulso, sin concesiones, sin ayudas y sin privilegios. Todo lo contrario. Ya le vaticinó acertadamente el excampeón mundial Joe Frazier una carrera difícil y llena de trabas. “Tienes tres cosas en tu contra: eres negro, eres zurdo y eres bueno”

Hay boxeadores, como Ali o Robinson, que entienden el ring como un escenario al que el artista sube a exhibir su arte, como un poeta, un cantante o un bailarín. Para Hagler, el cuadrilátero es el altar de sacrificio, la arena del circo romano adonde salen los gladiadores a matar o morir. Su misión es destruir y demoler, como si a cada uno de sus rivales les tocara pagar por tantos momentos de privaciones, sufrimientos y sacrificios vividos en Newark, Brockton y Filadelfia.

DUROS INICIOS

Y es que desde que nació, Marvin supo lo que es vivir en el lado más desprotegido, en el de los desfavorecidos. Vio la luz por primera vez en Newark (Nueva Jersey) el 23 de mayo de 1954. Era el mayor de los seis hijos que tuvieron Robert Simms e Ida Mae Hagler. Marvin era todavía un niño cuando su padre abandona el hogar. Empezaba bien la historia.

En 1968, Newark, ciudad industrial,será portada en todos los periódicos. Será escenario de una de las más violentas revueltas raciales jamás vividas en los Estados Unidos. Durante tres días, los Hagler tienen que vivir prácticamente a gatas, tan aterrorizados que no son capaces de asomar su cuerpo por las ventanas. Fueron días de odio, violencia y sangre. Veintiséis personas murieron en los cruentos enfrentamientos entre los jóvenes negros y la policía. Los destrozos, que también afectaron el humilde hogar de la familia, incuantificables. Ida Mae decide cambiar de aires y llevarse a sus hijos a un lugar más tranquilo.

DEL ANDAMIO AL GIMNASIO DE LOS PETRONELLI

Los Hagler buscaron acomodo en Brockton (Massachusetts), una localidad famosa porque de allí procedía el celebérrimo campeón del mundo del peso pesado Rocky Marciano. Y allí fue donde el joven Marvin empezó a boxear. Apareció un buen día por el gimnasio de Goody y Pat Petronelli, dos entusiastas de origen italiano que incluso llegaron a ser amigos del gran Rocky. Los hermanos se fijaron en ese chavalín negro que lo observaba todo pero que no decía nada. Llevaba así tres días. Era tan tímido que no se atrevía ni a preguntar, pero su sueño era emular a su ídolo, Floyd Patterson. Tan solo era un chaval cuando, mirando al póster del campeón del mundo del pesado, Hagler se dirigió a su madre: “un día seré como él y te compraré una casa”

Los Petronelli le preguntaron si quería ser boxeador. No lo dudo. Desde ese día, Marvin siempre estuvo unido a la pareja de hermanos y nunca jamás les abandonó. Y eso que no eran poderosos ni influyentes sino dos modestos apasionados del boxeo que operaban localmente y que, aparte, tenían una empresa de construcción.

Hagler empezó a brillar como amateur. Por la mañana trabajaba en la empresa de construcción de los Petronelli, fajándose por los andamios, y por la tarde se entrenaba con ellos. Con camiseta, Marvin ganó 52 de 54 combates y obtuvo brillantemente el Torneo nacional de la Amateur Athletic Union.

En las paredes de su gimnasio había carteles que recordaban a los jóvenes boxeadores lo que debían hacer: “En caso de duda… jabea”; ” Cabeza abajo, manos arriba”; “Recuerda, la clave es el trabajo”; “Cuerpo en forma, mente en forma”; “Entrénate hasta que te duela… y luego un poco más”. Marvin Hagler, el obrero, el trabajador de la construcción, se educó en este ambiente de trabajo y sacrificio.

ASCENSO COMO PROFESIONAL

Pero a Marvin eso del boxeo amateur no le iba del todo: ” con los trofeos no se puede comprar comida”. Al poco tiempo, era el año 1973, decide debutar como profesional y derrota a Ted Ryan en dos asaltos. Y sigue unido a los hermanos Petronelli. Hagler se educó en un ambiente de segregación, de separación absoluta entre negros y blancos. Muchos de sus amigos le advertían: no te juntes con esos blancos, te chuparán la sangre, te robarán el dinero. Pero a él le daba igual, confiaba en la pareja de hermanos y con ellos se mantuvo. En estos primeros años, las bolsas eran muy pequeñas y los Petronelli no le cobraban porcentaje. Eran días de estrecheces, de viajar modestamente, de compartir los tres la misma habitación de hotel para ahorrar gastos.

Destacó por su gran capacidad de trabajo. En sus catorce años de profesional siempre dio el mismo peso. Sacrificado y disciplinado en el ring, Marvin era diestro natural pero prefería usar la guardia de zurdo. Su estilo no era de una excepcional brillantez o espectacularidad, pero terriblemente eficaz. Además, tenía coraje, determinación, y un encaje a prueba de bombas, posiblemente debido al insólito y sobresaliente grosor de su cráneo.

Hagler sigue ascendiendo. En 1974 obtiene su victoria más importante hasta el momento al derrotar al campeón olímpico Sugar Ray Seales. El mundo del boxeo empieza a ser consciente de la existencia de este peligroso contendiente.

APRENDIZAJE CON DERROTAS EN FILADELFIA

Pero al demoledor calvo no le es fácil buscar rivales y en ocasiones incluso tiene que ceder peso o actuar como forastero. Como las oportunidades escasean, los Petronelli deciden buscarse la vida boxeando en Filadelfia, la ciudad más dura, donde el boxeo es más auténtico y donde residen los más fieros y curtidos pesos medios del país. Y allí, Hagler conocerá la derrota por primera vez. Cobra una modesta bolsa de dos mil dólares y pierde por puntos ante Bobby “Boogaloo” Watts, aunque la prensa especializada, como la prestigiosa revista The Ring, considera ésta una decisión escandalosa e injusta y que fue Hagler el claro merecedor del triunfo.

Vienen mal dadas. Dos meses más tarde llegará la segunda derrota de Marvin. Esta vez justa, ante un magnífico profesional, típico boxeador de Filadelfia, Willie Monroe, al que apodan el Gusano. Es cierto que Hagler salió al ring debilitado por un proceso gripal, pero Monroe será el único boxeador que en sus catorce años de profesional gane a Hagler de una manera clara e indiscutible. Fue una dura lección en la que sufrió cortes y una profusa hemorragia nasal. “Desde el segundo asalto no podía respirar, pero he aprendido de Monroe y sigo siendo joven” dijo sin rubor.

La experiencia de Filadelfia va curtiendo a Hagler, que sigue creciendo como boxeador. Muchos rivales le evitan. Son los años en los que más sentido cobra la profecía que le hizo Joe Frazier. Hagler reinicia su ascensión y gana a los púgiles más duros del momento como Eugene Hart o el peligroso Bennie Briscoe. Incluso redime sus dos únicas derrotas: pulveriza en el combate de revancha a Bobby Watts en tan solo dos rounds y también se venga, en dos ocasiones, de Willie Monroe, con dos triunfos antes del límite. Era verdad que había aprendido.

Pero a Hagler, que no tiene el apoyo de un promotor fuerte y que sigue fiel a los Petronelli, sigue siendo el apestado de la categoría. Don King organiza un fraudulento torneo para encontrar el rey del peso medio e injustamente deja fuera a Marvin. Los hermanos ya no saben ni que hacer. Deciden buscar la ayuda de los políticos de Massachusetts para que hagan fuerza. Uno de los que prestó su apoyo al boxeador fue el senador Edward Kennnedy. Hagler había ganado sus veinte últimos combates y pedía una oportunidad a gritos.

EL ROBO ANTE ANTUOFERMO

La espera parecía interminable pero, finalmente, tras seis años de profesional, tras 50 combates en el boxeo de pago, Hagler va a disputar el título del mundo del peso medio. El campeón es el duro italoamericano Vito Antuofermo. Es el 30 de noviembre de 1979. Hagler no hace un gran combate pero, aún así, es claro merecedor de la victoria. Sin embargo, los jueces de las Vegas darán el resultado de Combate Nulo ante la sorpresa del público y hasta del árbitro Mills Lane que ya se decidía a levantarle la mano a Hagler. De manera injusta, Antuofermo se llevaba de nuevo a casa el cinturón, eso sí, junto con 25 puntos de sutura. Antes del combate, Hagler había prometido a su novia, Bertha, que si ganaba a Antuofermo se casaría con ella. Y a pesar de que los jueces dieran empate, Hagler tenía tan claro que el vencedor había sido él que no dudó en casarse de inmediato. “Al menos he ganado una mujer”

Todos estos varapalos siguen curtiendo el carácter de Hagler, que tiene que volver a espera una nueva oportunidad. Antuofermo le niega una merecida revancha y prefiere defender el título ante el británico Alan Minter. Y Hagler sigue haciendo cola.

GLORIA BAJO UNA LLUVIA DE OBJETOS EN WEMBLEY

Tras un año de espera, el nuevo campeón, el inglés Alan Minter, se ve obligado a defender su título ante Hagler. Será en Londres, el 27 de septiembre de 1980, y el combate se verá marcado por unas desafortunadas declaraciones del británico: “No voy a dejar que un negro me quite el cinturón”. Estas manifestaciones racistas atrajeron a muchos hooligans que, ajenos al mundo del boxeo, se acercaron a Wembley para crear un aterrador ambiente ultranacionalista y racista. El recibimiento que le hicieron a Hagler fue inenarrable. Pero Marvin no es de los que se asusta. Peor lo pasó de niño durante las revueltas de Newark. En el tercer asalto, Alan Minter está cortado y el árbitro, Carlos Berrocal, decide parar el combate y otorgarle la victoria a Hagler. Por fin se proclama campeón del mundo, la espera ha sido larga pero ha merecido la pena. Su sueño, el que da sentido a toda su espera y a los malos momentos, ya se ha cumplido. Hagler se arrodilla para festejar su triunfo, para disfrutar de tan dulce y ansiada conquista. Pero el destino le niega hasta ese momento tan único y especial. En Wembley solo se escuchan gritos e insultos y sobre el ring empiezan a llover botellas, vasos, monedas y demás objetos contundentes. Históricas son las imágenes en las que se ve como el nuevo campeón no puede celebrar su triunfo y como los hermanos Petronelli se abalanzan sobre él, que está tumbado en el suelo, para cubrirle y protegerle de tan inefable diluvio.

Pero con el título empezó a llegar el reconocimiento y las buenas bolsas. Incluso, como campeón, mejoró notablemente su boxeo. Derrotó a Fulgencio Obelmejías, noqueó a Vito Antuofermo, al que Hagler le concedió la oportunidad que el italoamericano le negó a él. También a Mustapha Hamsho, a Caveman Lee y al argentino Juan Domingo “Martillo” Roldán, entre otros. Es en esta época en la que, harto de que los comentaristas de la ABC no se refirieran a él como Marvelous, el apodo que le gustaba, decide cambiar legalmente su nombre de Marvin Nathaniel Hagler al ya inmortal Marvin Marvelous Hagler.

LA GUERRA CON HEARNS

Como campeón se mostraba contundente e indestructible. Se impuso al legendario Roberto Durán y luego protagonizo uno de los combates más espectaculares y explosivos de la historia ante Tommy Hearns. Fue un duelo de superestrellas, de dos temibles pegadores que intercambiaron cuero en las trincheras de una manera feroz. El primer asalto está considerado como el mejor primer round de la historia del boxeo. Y en el tercero, Hagler, que está cortado y que sabe que en breve le van a parar el combate, consigue noquear definitivamente a Thomas Hearns en un combate inolvidable.

Tras vencer a la Cobra de Detroit, Marvin gana una popularidad que hasta entonces no había tenido, a la vez que un respeto y un reconocimiento ya unánime. Por fin tiene algo incluso más importante que el título, algo que hasta entonces se le había negado.

RIVALIDAD CON SUGAR RAY LEONARD

Pero es entonces, cuando el niño bueno del boxeo, el adorado Sugar Ray Leonard sale de su retiro para enfrentarse a Hagler por el título. De nuevo, todas las miradas se centran en el popularísimo Leonard. La carrera del segundo Sugar Ray ha sido muy distinta a la de Hagler. Además de su impresionante talento y de su indiscutible calidad, Leonard siempre recibió ayudas y apoyo. Vale un ejemplo: en 1977 los dos boxeadores aparecieron en una misma velada en Hartford. Hagler hacía su trigésimo sexto combate profesional mientras que para Leonard era su tercero sin camiseta. Marvin cobró mil quinientos dólares, Leonard cobró cuarenta mil. Mientras Marvelous en sus comienzos boxeaba por bolsas pequeñas y completaba sus ingresos trabajando en el andamio, Sugar Ray, campeón olímpico, recibía grandes cantidades y todo tipo de beneficios.

El sueño de Hagler era superar el record de catorce defensas del título del peso medio que tenía el argentino Carlos Monzón. Pero no puede rechazar “el combate del siglo”, con cifras mareantes,el duelo ante Sugar Ray Leonard, que llevaba tres años retirado del boxeo. Hagler se llevaría la parte más grande del pastel, unos 20 millones de dólares. Eso sí, Leonard impondría sus preferencias: combate a doce asaltos en vez de a quince, guantes de diez onzas y un ring grande.

El seis de abril de 1987, en las Vegas se enfrentan las dos superestrellas del boxeo. Eran años de oscuridad en el peso pesado y todas las miradas se centraban en estos dos colosos del ring. El combate fue igualado, entre dos púgiles de estilos diferentes. Pudo ganar cualquiera. Quizá Leonard fue más listo y supo boxear para los jueces, con sus combinaciones vistosas y efectistas al final de cada asalto. Otros muchos creen que el merecedor de la victoria fue Hagler. Han pasado treinta años y el resultado se sigue discutiendo. Los jueces de Las Vegas, en decisión dividida, otorgaron el triunfo a Sugar Ray Leonard.

UN CALVO SONRIENTE

Era su defensa número trece, número fatídico, y Hagler se quedó sin título. Enfadado y contrariado, se niega a aceptar la victoria de Sugar Ray, echa las culpas a los jueces de Las Vegas. Busca a toda costa la revancha, pero Leonard ya había anunciado que colgaría los guantes después del combate. Cansado de esperar, Marvin Marvelous Hagler decide acabar con su carrera como boxeador. Se retira. Finito. Al principio parece un mero berrinche y que, como suele ser habitual en el boxeo, al poco tiempo volverá a los cuadriláteros. Pero Hagler fue fiel a su palabra y nunca más volvió a boxear, a pesar de las multimillonarias ofertas que recibió para volver a calzarse los guantes. Años más tarde, Leonard que de nuevo regresó a los cuadriláteros, propuso la posibilidad de enfrentarse de nuevo. Ya era tarde. Si Hagler dice que se retira es que se retira.

Fueron años duros para Hagler. Que se refieran a él como excampeón le hace más daño que el más duro golpe recibido en el ring. Se divorcia y parece no acabar de encontrar un hueco fuera de los cuadriláteros. Hasta que decide emigrar a Italia, a Milán, donde le reciben como un auténtico ídolo y donde empieza su carrera como actor. Deja de ser el tipo de mirada fría y aterradora. Ya no es el hombre resentido y enfadado de aspecto feroz. Ya no busca intimidar a quien tiene enfrente. Ahora, Hagler aparece como un amable y popular personaje, atento, simpático, hablador y con una enorme sonrisa, siempre bajo su brillante e inconfundible calva. Es feliz y disfruta participando en charlas, cenas y homenajes. Y su cara se ilumina de una manera especial cuando, tras firmar un autógrafo o hacerse una foto con algún admirador, le despiden con un: “Marvin, para mí también tú le ganaste a Sugar Ray”.