LA TRAGEDIA HA SOBREVOLADO EL RING DE STUTTGART
El boxeo alemán acaba de sufrir dos serios percances con las derrotas de Ina Menzer y Firat Arslan. Gracias a la televisión alemana ZDF, hemos podido ver en directo ambos combates y la verdad que el desenlace del segundo nos ha dejado un regusto muy amargo por la actuación del ineficaz, inútil e inoperante árbitro del match el sudafricano Stanley Christodoulou. Hablar de este hombre es mencionar a uno de los mejores árbitros de boxeo de lustros pasados, incluso en 1980 la Asociación Mundial de Boxeo lo ha considerado el mejor de ese año, pero lógicamente los reflejos se van perdiendo y ahora mismo Christodoulou es un remedo de aquél calvo de fina estampa que tanto brillaba bajo los focos del cuadrilátero. El tiempo corre que vuela, los años no pasan en balde y teniendo esto en cuenta debemos estimar que los árbitros de boxeo, más que los de otros deportes, pasen una rigurosa inspección técnica cuando lleguen a cierta edad. Y a este Stanley hay que revisarlo urgentemente.
Firat Arslan es un veterano peleador zurdo de acometer incesante, que reaparecía desde su cumpleaños de 2008, cuando perdió su título ante el panameño Jones. El sábado tenía enfrente al francés Steve Herelius, otro zurdo, seis años menor que el germano. El combate transcurría muy equilibrado hasta el décimo asalto, con ligera ventaja en las cartulinas de Arslan, pero éste en el 11º sufrió tal hundimiento físico o desfallecimiento que pensamos en la urgente intervención del árbitro como mejor decisión para suspender el combate. Ah, pero esto no se produjo y de ahí nuestra crítica despiadada contra el mencionado árbitro sudafricano Stanley Christodoulou.
Nunca los aficionados alemanes habían visto recular a Firat Arslan, pero en el onceavo asalto sí tuvieron ocasión de fijarse en cómo no se fajaba, cómo sus piernas le pesaban más que nunca y su espalda, también como nunca, lucía las rosadas marcas de las cuerdas. Ninguno de los golpes que lanzó el alemán en este fatídico round impactó en Herelius, pues los tiraba más para contener que para impactar. Transcurrían esos lentos segundos del 11º round y la tragedia sobrevolaba el ring del Porsche Arena de una impronunciable localidad de Stuttgart. Gracias que el francés no es un pegador, sino otro cuervo cantaría. Veíamos a Firat cubriéndose de los lentos e imprecisos golpes lanzados por el francés, sin él sacar una sola mano. Y aún quedaban 30 segundos. Y el desdichado árbitro sin intervenir, hasta que termina el asalto con el alemán recostado en las cuerdas, sin poder ni caminar. Es entonces cuando el Christodoulou de los cojones agarra del brazo a Firat y lo lleva hasta su rincón, percatándose de su mal estado cuando además en la esquina le dicen que tal guiñapo no puede continuar boxeando, aunque quede un sólo asalto. Firat Arslan sería atentendido médicamente acostado sobre el mismo ring y luego trasladado en camilla.
Menos mal que el zurdo francés es un púgil normalucho y pega poco, repetimos, sino estaríamos leyendo a doble página un grave accidente del boxeo… en los periódicos españoles. Uno imagina cómo el domingo habrían de correr algunos periodistas de aquí para abrir ávidamente sus carpetas guardadas desde hace años con las crónicas negras ya escritas en contra de este deporte. “Ni vacaciones ni leches, que tengo un dossier preparado que me lo paga hasta el Rubalcaba”. Por culpa de Stanley Christodoulou, que no intervino a tiempo para evitar que el boxeador de Universum recibiera tantos golpes, debemos confesar que nuestro cerebro empezó a centrifugar a miles de revoluciones pensando en lo peor y en estas previsibles consecuencias, entre el periodismo español, que tendrían efectos nocivos entre nosotros y que, particularmente, nos derrumbarían absolutamente. Uf, quita quita.
Si me preguntan cuál es el árbitro castigado en el rincón de mis antipatías he de nombrarlo con cierto odio: Dave Parris, al que tengo condenado desde que dirigió el Ricky Hatton-Kostya Tszyu, por su descarada permisividad a las incontables incorrecciones del británico. Ya llovió. En ese combate intervenía el guipuzcoano Manu Maritxalar como juez de mesa, tan minucioso como imparcial que siempre es, a quien yo me imagino en tal compromiso morderse boli-uñas-dedos-labios y hasta sus propios dientes aguantando tanta transgresión al reglamento sin sancionar por el despreciable Dave Parris, causante de mi indignación.
Pero lo de Stanley Christodoulou en el Porsche Arena de Stuttgart, ha superado todas mis iras y desde ahora este árbitro pasa a ser condenado nº 1 en el rincón de mis antipatías. Y aunque físicamente son parecidos y en el ring son iguales de malos, al Parris le abro la puerta para que se vaya al carajo y desaparezca de los ambientes cercanos a la honorable familia boxística, dejando su título de “nefando primero” al sudafricano de apellido engañoso.
Rubén Moralejo Alcántara
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