RAY ARCEL,
EL PROFESOR DEL RING- I PARTE
Uno de los grandes preparadores
de todos los tiempos
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Desde esta página en blanco y negro hoy queremos recordar a uno de los más grandes genios de la historia del noble arte. En este caso no es un boxeador, ya que apenas llegó a disputar nueve combates profesionales, sino un entrenador. Sin duda uno de los mejores de todos los tiempos. Para muchos, el mejor preparador de la historia. Aunque él mismo solía decir: “Yo no me considero un entrenador, me considero un profesor”. Hablamos de un maestro, de toda una leyenda: RAY ARCEL.
Desde el mítico Benny Leonard al feroz Roberto Durán; de Jim Braddock a Larry Holmes, pasando por Ezzard Charles; de Tony Zale a Sixto Escobar, o Kid Gavilán o Barney Ross. En total veintidós campeones mundiales – de los de antes - pasaron por sus sabias manos. Se calcula que entrenó a más de dos mil boxeadores. Toda una institución, un catedrático de la dulce ciencia.
Ray Arcel nació en 1899 en Indiana en el seno de una familia judía de origen ruso, pero muy pronto se mudaron a Nueva York. Allí es donde se educó Arcel, en el duro barrio de Harlem. Por entonces casi todos en el barrio eran italianos. Al ser la suya la única familia judía, el jóven Ray tuvo que aprender a defenderse.
Con su amigo Benny Leonard, uno de los mejores pesos ligeros de la historia, se empezó a acercar al legendario gimnasio Grupp. Sin embargo, su carrera como boxeador fue realmente efímera. Ray Arcel tan sólo disputó nueve combates profesionales. Ganó dos dólares por cada uno de ellos.
Pero su vocación estaba clara: quería ser entrenador. Y para ello se fijó en dos grandes maestros. Uno era Frank Doc Bagley, ex mánager de Genne Tuney. Su otro mentor fue Dai Dollings, un galés que empezó entrenando a corredores de maratón y acabó triunfando en el boxeo. Con una capacidad de observación y una sagacidad extraordinaria, Ray Arcel era como una esponja absorbiendo todo lo que veía hacer a estos dos magos. La lección más importante que aprendió de Dai Dollings fue la importancia de observar al rival, estudiarlo con detenimiento, conocer todas sus reacciones, sus estilos, sus movimientos. De la misma forma, aprendió que un entrenador debe tratar a cada boxeador de una manera individualizada. Todos son distintos y reaccionan de forma diferente. El preparador debe encontrar la fórmula que funcione, para hacerle trabajar y para hacer que aprenda.
En aquella época, en la que se boxeaba en pequeños locales llenos de humo, Ray Arcel acompañaba a Dai Dollings en la esquina. La misión de Arcel era agitar una toalla para que el púgil pudiera respirar aire un poco más sano que todo el humo de los cigarrillos. Pero cuando había una herida, era Dai Dollings el que se ponía a trabajar. Y Arcel comprobó que Dollings, al que se consideraba como uno de los mejores cutmen del mundo, un especialista en curar cortes, estaba siempre mascando tabaco. Y también observó que cuando había una herida, el galés se sacaba el tabaco de la boca, lo aplicaba en el corte, y cerraba la herida.
Y así, un buen día Dollings le dio la oportunidad de trabajar a Arcel con un boxeador. Estaría solo en la esquina, iba a ser su primer combate. El joven judío estaba deseando que su boxeador se cortara para poder trabajar. Como quería imitar a Dollings, Arcel se puso a mascar tabaco, algo a lo que no estaba acostumbrado. Y no le sentó nada bien: se puso malo, se desmayó y se lo tuvieron que llevar en una ambulancia. ¡Menudo debut!
Pero trabajando todos los días de sol a sol, Arcel fue ganando experiencia. Todo lo observaba, en todo se fijaba. Eran los años duros y difíciles de la depresión.
Arcel entraba en el gimnasio a eso de las ocho de la mañana. Y allí estaba entrenando a boxeadores hasta las siete u ocho de la tarde. Y después, seis días a la semana, había veladas en los distintos clubes de Nueva York. Y allí Arcel trabajaba la esquina de diversos boxeadores. Raro era el día que llegaba a casa antes de la una de la madrugada. Y para trabajar había que ser muy bueno. Todos los boxeadores querían ganar porque estaba en juego el dinero para alimentar a la familia en una época en la que se pasaba mucha hambre. Así, poco a poco, Arcel se fue convirtiendo en uno de los mayores sabios de la historia del noble arte.
Trabajando ahora en el irrepetible Stillman Gym de Nueva York, el trabajo de Arcel empezó a dar sus frutos. Frankie Genaro fue su primer campeón del mundo. Luego Abe Goldstein, Charley Rosenberg y un largo etcétera. Con todos ellos Ray tenía un objetivo: Que aprendan a pensar en el ring. Maestro, padre, psicólogo, motivador, pero de manera distinta para cada púgil, Ray Arcel era capaz de sacar lo mejor de cada boxeador. Serio y disciplinado, se ganaba pronto el respeto de los púgiles, aunque a veces tenía que ser comprensivo, sobre todo cuando alguno de sus pupilos le reconocía que llevaba casi dos días sin comer.
Eran tiempos difíciles, pero en el Stillman Gym, trabajando con sus colegas Freddie Brown y Whitey Bimstein se graduó en la más increíble universidad de boxeo de la historia.
Y no sólo trabajaba con campeones. Hasta en catorce ocasiones Ray Arcel trabajo en la esquina de rivales de Joe Louis. Incluso con Doc Robb y Jack Gould, estuvo en la esquina de Jim Braddock, Cinderella Man, el día que perdió su título ante el Bombardero de Detroit. Ante el gran Joe Louis siempre le tocó perder, pero es que según Arcel, la mayoría de sus rivales salían ya medio petrificados ante la magna presencia del excepcional campeón.
Finalmente, con Ezzard Charles, Ray Arcel obtuvo una victoria ante Joe Louis, pero esta tuvo un sabor agridulce para el preparador. Joe Louis estaba ya de vuelta, en un regreso al boxeo forzado por su situación económica. Louis ya no era ni una sombra de lo que fue. Y Arcel no disfrutó con esa victoria. Al terminar el combate se fundió en un abrazó con el excampeón.
Por entonces, Arcel trabajaba con campeones como Tony Marino, Freddie Steele, Billy Soose o Ceferino García. También estuvo con el el gran Tony Zale, el hombre de acero, en sus tres guerras con Rocky Graciano.
En la esquina era una institución. El mismo expresaba: “En el rincón solo tienes unos cuarenta segundos para trabajar. A veces tienes que parar una hemorragia, o devolver la consciencia a un boxeador groggy. En ese breve intervalo es cuando un segundo que sabe el oficio puede salvar un combate, mientras que un mero portador de cubos la puede perder”.
Su instrumental era bien simple: un cubo, una esponja, la botella de agua, la bolsa de hielo, un frasco de sales, adrenalina y una botella con una mezcla de brandy, miel y limón. Según Arcel, “el brandy estimula el corazón sin intoxicar, la miel te aporta energía, y el limón evita esas nauseas que tiene el boxeador cuando está muy fatigado”.
Psicólogo y maestro de la estrategia, además, a Ray Arcel no le importaba concentrarse con sus boxeadores, madrugar para despertarlos y salir a correr con ellos; o acompañar durante un par de días a un boxeador que ha tenido un combate especialmente duro.
Pero en 1953 ocurre algo que marca su vida. Ray Arcel empieza a colaborar con la cadena de televisión ABC. El sabio organiza combates para esta emergente cadena, algo que no sienta nada bien al todopoderoso IBC, el Internacional Boxing Club, una organización que durante años ha dominado el boxeo con prácticas monopolísticas y que además estaba fuertemente vinculada a la mafia. Al IBC no le gustaba el nuevo trabajo de Ray Arcel.
El 19 de septiembre de 1953, en Boston, Ray Arcel volvía de una sinagoga local en la que había estado celebrando el Yom Kippur. Se paró enfrente del Hotel Manger, y allí, un desconocido le golpeó en la cabeza con un tubo de plomo que llevaba escondido en una bolsa de papel. A Ray se lo tuvieron que llevar urgentemente al hospital. Allí, entre la vida y la muerte se estuvo debatiendo durante diecinueve días. Afortunadamente pudo sobrevivir. Arcel, un hombre justo y decente, en una época marcada por la influencia de la mafia, reconoció a la policía que en varias ocasiones había recibido amenazas. Su boxeo en televisión era un proyecto modesto, pero aún así incomodaba al poderosísimo IBC. Y no se lo perdonaron. Estuvo a punto de perder la vida pero finalmente no hubo detenidos por este intento de asesinato. Fue la gota que colmó el vaso. Ray Arcel, cansado por muchas cosas que no le gustaban del boxeo, decidió retirarse.
Su amigo Harry Kessler, que había sido árbitro de muchos campeonatos del mundo y además era el dueño de una próspera compañía metalúrgica, le ofreció un buen trabajo a Ray Arcel como responsable de compras. Ahora ganaba más dinero que cuando entrenaba púgiles, y aunque mantuvo el contacto con boxeadores, periodistas y entrenadores, Ray Arcel estuvo dieciocho años sin subir a una esquina y sin trabajar en un gimnasio. Dieciocho largos años alejado del deporte que amaba y que le apasionaba… Y dieciocho años que el boxeo se quedó sin las aportaciones del gran maestro, del sabio, del incomparable Ray Arcel.
(Continuará)